El tiempo es algo que nos llena de emociones o nos descompone en algunos momentos de nuestra vida. Marca las pautas de las gentes, de todos. No hay algo más expectante y más célebre ya la vez más amargo que el paso del tiempo. Hoy el tiempo nos trae una de esas situaciones entorno a un hombre que ha sido valedor de un modelo de profesor honesto, educado y válido para la enseñanza de estos años . Hoy en la mente de Vicente estarán sin duda los años de la niñez de sus alumnos, de su niñez, sabiendo que el tiempo se le echa encima como a todos, pero sabiendo con certeza que su recuerdo permanecerá para siempre en las cabezas de sus alumnos, hoy hombres y mujeres. El modelo que impuso en el IES conjuntamente con su equipo, y el tesón a la hora de esculpir mayor claridad en sus alumnos en todas las materias, ha sido fundamental para nuestro municipio, ya que es un referente educativo a nivel nacional. Vicente es el hombre que además de su profesión, intachable, es la figura que ha dado vida a un certamen de relatos, uno de los más importantes del panorama literario, el premio de relatos cortos Pablo de Olavide. Él es quien lleva el timón para que las galas salgan perfectas, los demás, solo hacemos más largo el certamen estando orgullosos a su lado. Un profesor se admira cuando lleva consigo las tablas que muestran la libertad de las personas y de las ideas, y jamás veremos su ausencia de huellas, porque las dejó clavadas sobre las aristas de las paredes de una enciclopedia llamada Instituto Pablo de Olavide, en La Luisiana. «Ahora sé que no he vivido más de doce líneas» dijo en su autobiografía 1, pero nosotros sabemos que lo vivido y lo que vivirás, darán para más de doce libros aún. Y vuelvo de nuevo a los niños. Hay un libro de Cernuda titulado «OCNOS» donde dice sobre el tiempo: «llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. (No sé si expreso esto bien). Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre una vez ha estado libre del aguijón de la muerte. ¡Años de niñez en que el tiempo no existe! Un día, unas horas son entonces cifra de la eternidad. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño? Y casi pensando en la idea de los alumnos que has tenido Vicente, porque hoy soy uno más de ellos, te diría en su nombre lo mismo que dice Luis Rosales en un poema: «El Nombre que nos crea»: A ti quisiera yo ponerte nombre. Te pondría un nombre de ciudad, un nombre de país donde no se hablase ninguna lengua; te diría un nombre que pudiera habitarse y no decirse; a ti que eres humilde y consiguiente como el sobre de una carta de despedida que al cerrarse se pega a nuestros labios nada más que un instante, y nos retrasa acaso para siempre, la ruptura; a ti que me has creado y eres mi tiempo junto a mi alegría, a ti quiero decirte una palabra sola: nacer es tu nombre. Quizás darte las gracias sea poca cosa porque es algo retórico, aunque reconfortante. Yo te diré que odio eternamente que te vayas. Valga para todos esos maestros que nos han enseñado durante nuestra existencia.






















