Hoy quiero recordar un pueblo. Un recuerdo de hace 44 años, cuando la juventud te pasaba por encima sin problema alguno, y esperaban los olivares la llegada de jornaleros ansiosos desde un lugar diferente. Un recuerdo de la primitiva Jaén en la zona de Navas de San Juan.
Todo esperaba paciente en una tierra de olivares, tractores y remolques abarrotados de lienzos y varas de castaño y otros árboles, y de un olor de aceite puro que flotaba en las calles, todo era faena agrícola por donde miraras.
Cuando llegamos, una casa enorme nos esperaba justo a la entrada, era diciembre y arreciaba el frío en una provincia de toros, olivares y hermosos pueblos ateridos a la melancolía de los poetas.
Navas de San Juan era un pueblo que podía presumir de estatus por estar cercanos a Santisteban, Sabiote, Arquillos, Linares, Úbeda o Baeza e igual que todos, tenían en común el olivar como presente y futuro.
Casa Carrasco era nuestro hogar por unos meses y en ella distribuimos enseres y se repartieron las habitaciones para las cuatro familias que expectantes, esperábamos acontecimientos siempre positivos. Una casa de dos plantas ventanales grandes a los lados y tres balcones arriba, como daba a una esquina, otras cuatro ventanas se repartían en un lateral haciendo la casa más enorme. Una chimenea formidable en el salón, acomodaba por la tarde noche el semblante cansado de todos los que habitábamos el lugar, mirando la lumbre y en el horizonte de su calor pensativos, soñábamos nuevos retos en la vida.
Se trabajaba todos los días excepto cuando nevaba que lo hizo en alguna ocasión. El olivar es duro y las gentes del lugar trabajadores a más no poder. Jaén es tierra culta y como Reyno en su tiempo, apelaba al esfuerzo que se ponía en acicalar la tierra y el olivar para poder pasar un año sin apuros económicos.
Allí conoció mi padre a un anciano, Anacleto, un hombre de derechas amigable que lo único que quería es el bienestar para su pueblo, se estuvieron carteando muchos años después hasta que fallecieron.
Un viejo se dejaba ver de vez en cuando enfrente de la casa con un borriquillo con leña y le preguntó a mi padre si éramos sevillanos, dándole éste referencias de nuestro pueblo. EL anciano contó a mi padre que había conocido en su niñez a Machado y a Lorca entre otros personajes cuando estaba de mancebo en la rebotica de la farmacia que tenía su tío en Baeza, alcalde en un tiempo en la ciudad. Contaba extasiado esas historias, y seguía su caminar pausado sin importancia alguna hacia su destino.
La casa seguía encendida, la chimenea era avivada por mi chacha María que se encargaba de que toda la casa estuviese caliente por la noche.
La monotonía en el pueblo durante esas jornadas era una rutina aceptable, levantarse temprano desayunar tostadas con manteca y subirnos en el remolque que nos llevaba a la faena. En la habitación un radio casete nos levantaba con el sencillo “Ashes to Ashes” de David Bowie, canción que ha quedado para mi entrelazada a Navas de San Juan como un recuerdo perenne. La noche olía inequívocamente a sudor y la constante del barro y alpechín en las ropas del personal, era el destino que los olivares querían detener en el tiempo. Así un día tras otro.
Caía la noche sobre Jaén una vez más, las jornadas dieron paso al final de la temporada, y la butifuera fiesta de las gentes del olivar, ponía fin al trayecto de cuatro familias que dejaban en Navas de San Juan parte de su historia cotidiana. La fiesta se hacía en el campo despidiendo los olivares a los que Machado había cantado años antes y que Miguel Hernández preguntaba a los de Jaén, decidme en el alma/quién, /quién levantó los olivos… Andaluces de Jaén.






















