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MIS MEMORIAS Y RECUERDOS | DÉCADA DE LOS 50 (XVII). EN LA VIDA SOCIAL Y LABORAL, PARÉNTESIS JUDICIAL – EN EL EJÉRCITO – | Paco Rodríguez

Finalizaba una década, la de los cincuenta, a la que me vengo refiriendo en estas “MEMORIAS”. El año 1959 no acabó, ni mucho menos, como transcurrió la década:  Mi frustración por no haber conseguido aprobar las oposiciones de ingreso a la Administración de Justicia, unida a la añoranza y pena por la pérdida de mi querida hermana LUISITA; sin tener perspectiva de futuro laboral, a   la espera de que fuese  admitida mi solicitud para incorporarme al ejército como voluntario, se unió  al doloroso momento de abandonar mis funciones, como meritorio en el Juzgado.  Agradeciendo a Enrique González y a todos los compañeros  que me ayudaron durante los tres años que estuve con ellos, en un estado de armonía, compañerismo y afecto, imposibles de superar, dije adiós e  hice  un paréntesis en la Administración de Justicia.

Comencé a ilusionarme ante un inmediato futuro, con la esperanza de que la nueva expectativa,  me proporcionaría nuevas ilusiones. Como ya he dejado escrito anteriormente, marqué un punto de inflexión, un  paréntesis en la vida civil, preparando mi mente para la vida militar. En ese estado   me decía: “al menos intentaré hacerme un hombre, me formaré como persona. Tendré nuevas experiencias, saliendo del amparo de mi familia. ¡A ver que me depara el destino!”.  De momento quedaba aparcada la idea de hacerme funcionario de la Administración de Justicia. Así eran las cosas. De tal manera  se presentaba mi sino, para mejor… o, quizás diferente: “aceptar de buen grado el futuro, que mi sino había determinado, con entereza, con ilusión, esperanza y con la  Fe puesta  en DIOS”. Es lo me había inculcado  la familia, en especial mi padre, MANUEL RODRÍGUEZ TORRES, importante consejero en cuantas decisiones tuve que tomar a en momentos puntuales concretos: “aceptar las cosas tal y  como se presenten”, máxima aprendida que se introdujo a fuego en mis entrañas. Mi familia no era muy partidaria del cambio radical que iba a dar en mi vida. Mantenían el criterio que todavía era muy joven, para aceptar y digerir una disciplina tan fuerte y férrea como era el Ejército. La reciente pérdida de mi hermana Luisita, les hacía más inasumible mi ausencia, aunque comprendían  las causas, los  motivos y razones, que me obligaban a ello. No obstante, todos  me animaban, y me deseaban suerte, mucha paciencia, entereza y aguante, para soportar el cambio  y la fuerte disciplina en el Ejército.

EN LA MILI.- Dio comienzo el año de mil novecientos sesenta, y con él la puesta en marcha de mi nueva situación  personal. En los albores del mes de Febrero, recibí la orden por escrito, procedente del Ministerio del Ejército,  convocándome a la incorporación a filas, para cumplir el servicio militar voluntario por tiempo  de veinte meses, según lo firmado. Siendo  la fecha del uno de Marzo siguiente, la de presentación en el Acuartelamiento que yo había elegido, o sea, en la  ESCUELA DE APLICACIÓN Y TIRO DE ARTILLERÍA, con sede en FUENCARRAL, Madrid. De tal manera  que, con dieciocho años, recientemente cumplidos, con una maleta cargada de ilusiones, hice la presentación en el Cuartel el día señalado;  encontrándome, de la noche a la mañana, a más de quinientos kilómetros de distancia de ÉCIJA, en otro ambiente,  con otra gente, con   otros compañeros,  de lugares diferentes de la geografía española, enrolado   en un ambiente diametralmente distinto al que había dejado  uno días antes. Desde el primer momento  supe del sabor de la disciplina militar.  Por supuesto, que también supe  del sabor de la comida, o  rancho, que nos sirvieron el primer día, (judías con patatas y chorizo, filete empanado con patatas fritas y naranja de postre), fue aquél primer menú de mediodía. La cena consistió en papas con bacalao, -bueno eso decían-. Supe  qué era  dormir en un barracón, donde nos juntaron  a los ochenta voluntarios, con el grupo de instructores que tenían asignada la misión de hacernos buenos artilleros. Así mismo experimenté lo desagradable que era levantarse a las seis de la mañana, -aún de noche estrellada-, al toque de diana y las voces  de los instructores que te ordenaban levantarte ¡¡ya!!;  había que  formar en el patio, -casi desnudo, porque no te dejaban ni vestirte, ni ir al baño siquiera-, para comenzar una jornada completita,  primero el desayuno en los comedores, a continuación un no parar: entre los reconocimientos médico, vacunación, medición, peso,    ejercicios físicos, (saltos, gimnasia, carreras para todo), instrucción, desfiles: “derecha-izquierda-medias vueltas-pasos”: o sea   formación militar en suma. Clases teóricas sobre armamento. La comida de mediodía, al toque de corneta.  Manejo, conocimiento  e   instrucción con el Mosquetón Mauser español, modelo 1943, (aún lo recuerdo después de tantos años), del que nos   decían los instructores, iba a ser nuestra “novia” durante veinte meses…  Llega  la hora del paseo, las 17.00 horas, que podías  salir, debidamente aseado y uniformado, fuera del recinto militar,  no más lejos del Pueblo de Fuencarral, a unos cinco o seis kilómetros, del Cuartel, bajo la advertencia   que había que estar de vuelta antes  que pasaran lista.  La correspondiente  cena, un par de horas en la cantina, viendo la tele,  ir  la biblioteca, o cualquier otra clase de entretenimiento, hasta que   a las 22.00 horas, la corneta te avisa que había que mantener un absoluto silencio;    a la cama y  estar bajo la vigilancia de un imaginaria, que impedía cualquier alteración.  Después de unos dos meses de instrucción, en el propio Acuartelamiento, tuvo lugar, en un   acto solemne, presidido por el General Director y otras autoridades y familiares de los soldados, el juramento a la Bandera, que supuso el cierre o punto final a todas las  jornadas intensas  de  instrucción y formación militar. La pieza 105/26,   un cañón antiaéreo, fue la causa para que posteriormente, durante algunas tardes estuviésemos obligados a conocer de forma teórica su manejo y funcionamiento. Así mismo un par de  tardes a la semana, de forma obligatoria, había que hacer  prácticas o  ejercicio de tiro, con el mosquetón Mauser, en un recinto destinado   para ello, dentro de la Escuela. Se trataba de estar al día en el manejo del arma y afinar la puntería.

Con anterioridad a la jura de bandera, nos sometieron a un examen,  con objeto de determinar el departamento u oficinas, a la que seríamos destinados. Prueba o examen que se llevó a efecto   una mañana, en uno de los barracones, que contenía máquinas de escribir y enseres de oficina, para los que habíamos indicado que “sabíamos escribir a máquina”.  Durante el examen,  estuvo presente el  Comandante ayudante del General Director, quién al darse cuenta   cómo  manejaba yo la máquina de escribir,  inmediatamente dio las órdenes oportunas, para    que una vez finalizado el período de instrucción y jurase Bandera, me incorporase a la oficina de Dirección.  Todo el personal dependiente de las   oficinas de Dirección, estaba compuesto de dos comandantes, tres capitanes, dos tenientes y dos sargentos, junto a otros compañeros de  clase  de tropa, que resultamos elegidos para las funciones auxiliares de la oficina.

ASCENSO A CABO.- Tras unos exámenes finales, del curso de ascenso a Cabo, los aprobé con buena calificación.

Pero con el transcurrir de los días y los meses, enfrascado en una rutina, que me parecía anodina, y sin un sentido práctico para mí, fui enfriándome y decepcionándome, en cuanto a lo que con tanta ilusión empecé el uno de Marzo de 1960. Por lo tanto saqué la conclusión de que  mi objetivo no era hacer carrera en el Ejército. “Este oficio  no estaba hecho a mi medida, o viceversa” -ese  fue mi pensamiento-No puedo decir  que aquello fuese duro, -al menos a mi no me lo pareció-, una vez que te habitúas, no  resulta difícil ni complicado convivir en aquél ambiente, con aquella  disciplina. De todas formas el espíritu de “autodisciplina”, lo encajé en el Ejército. Algo que me ha estado acompañando durante  momentos  concretos y complicados de mi vida. Pero  sin saber cómo,  llegó un momento en el que la “morriña”, se instaló en mi ánimo, ansiando regresar a mi Pueblo de Écija, para llegar a ser “un ciudadano civil, con todos los derechos y libertades, de que disponíamos en aquella época en España,  dedicando mi tiempo al servicio de los demás, pero de una manera más pragmática. El ejército, su filosofía, sus normas, ordenanzas, protocolos, costumbres, misión  y finalidad, para lo que estaba concebido, requería a alguien  con más vocación militar,  de la que yo poseía en aquél  entonces: ser capaz de dar órdenes,  acatar con disciplina militar  las que recibiera, sin derecho a discusión, opinión ni a réplica alguna, no encajaban en mi  personalidad. O sea, yo carecía de aquellas cualidades.  Pero  pesar de todo, en mi mente, estaba el hecho innegable y positivo de  “no haber perdido el tiempo”, ya que el servicio militar, entonces  era OBLIGATORIO é inexcusable. ¡Esos meses que yo había firmado como voluntario, estaban muy bien justificados!. No me arrepentí de la decisión que tomé en su momento.

RESUMEN. Mi vida militar se puede condensar en  la siguiente,

CRÓNICA: Inolvidables los dieciocho meses que estuve en el Ejército,  como voluntario, en la ESCUELA DE APLICACIÓN Y TIRO DE ARTILLERÍA. Fuimos muy pocos los soldados que nos tocó en “la quinta de 1960, ingresamos 80 voluntario. Las quintas  de los siguientes reemplazos, a la fecha de mi ingreso, fueron  muy cortas, en cuanto a número de soldados que debieran incorporarse, motivado por la fatídica guerra civil. En concreto, la plantilla en aquél Acuartelamiento, creo recordar que, generalmente, la conformaba unos tres mil soldados, para todos los servicios necesarios a desarrollar diariamente: servicios de puestos de centinelas, y relevos; servicio de cocina,  de comedores, ordenanzas, limpiezas diarias, conductores de camiones y otros vehículos, mantenimiento de las numerosas piezas de artillería existente en el Cuartel, más los instructores  de tiros… etc. Un total aproximado, para  aquél año, de unos quinientos soldados. Insuficiente a todas luces, por lo que se acumulaba el trabajo en la plantilla existente. En los permisos de verano y de las  navidades, el Acuartelamiento se quedaba  “en cuadro”.

Las siguientes instantáneas, se refieren a… 1) Portada de la entrada a la Escuela de Aplicación y Tiro de Artillería.  2) La  celebración del  día de la Patrona de artillería, Santa Bárbara, el 4 de Diciembre, una jornada inolvidable con compañeros y amigos.   3) Un día de Cabo de guardia en la puerta del Cuartel.

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