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MIS MEMORIAS Y RECUERDOS | MI VIDA LABORAL EN ÉCIJA XIX año 1962 | Paco Rodríguez

DE NUEVO EN EL JUZGADO.- Después de la gratificante etapa en la Notaría, acaba el año 1962, habiendo regresado a mis orígenes. La plantilla del Juzgado la conformaba en aquellos momentos: el  Juez,  DON RICARDO ALCAIDE ALONSO. Secretario Judicial el  ya mencionado, DON TOMÁS GUIÉRREZ PAVÓN. Los funcionarios,  FRANCISCO GONZÁLEZ MONTAÑO Oficial, procedente de Estepa, que ocupó la vacante dejada por ENRIQUE GONZÁLEZ ASENCIO.  Auxiliar, JOSÉ BARRACHINA GARCÍA DE CUERVA; ANTONIO CARO GONZÁLEZ, Agente Judicial, con el apoyo del Policía MANUEL RAFAEL LLAGAS MARTÍN.  Un meritorio, asistente personal  del Secretario,   FRANCISCO CASTILLO, “Paquillo”. Mis funciones, como ya dejé escrito en el capítulo anterior, consistían en escribir a máquina, al dictado del  Secretario, además de buscar expedientes en el archivo, cuando fuera necesario. El Secretario llevaba el negociado de lo CIVIL y el control absoluto de la oficina judicial. El negociado PENAL era gestionado por el Oficial González Montaño y Pepe Barrachina, bajo la supervisión del Secretario.

UN SECRETARIO muy peculiar e irrepetible, DON TOMÁS GUTIERREZ PAVÓN. Desde el primer momento, solo al darle el  saludo de la mañana, recibí como respuesta un “¡uuuuggrr!”, (gruñón y mal encarado), es decir, no necesité  estar a su lado mucho rato, para sacar la conclusión de que nuestras relaciones personales  no iban a discurrir por el lado de la buena armonía, ni de la buena educación por su parte. Continuamente se hacía referencia a los continuos y fuertes enfrentamientos que mantuvo con el Oficial, ENRIQUE GONZÁLEZ ASENCIO. Enrique, era una persona abierta y dialogante, al que jamás  le conocí una discusión o enfrentamiento con nadie. Tales enfrentamientos se produjeron, según pude informarme por los compañeros que fueron testigos de aquellas discusiones. Los motivos eran muy simples, quizás Enrique discrepaba con él en algunos puntos de vista, que Don Tomás los convertía en bronca arrabalera, llegando a insultos personales hacia Enrique. Le hizo la vida imposible, hasta el punto de que ENRIQUE tomó la decisión de pedir traslado a un Juzgado de la Localidad levantina de Elche,  donde sí que estuvo un tiempo de forma satisfactoria, según contaba, hasta que consiguió plaza en un Juzgado de Málaga, en cuya Ciudad  falleció muy joven. Dicen que  de una infección, que la ciencia médica no supo atajar en su momento. Y tras varios días de sufrimiento se fue de este mundo, de forma injusta, fuera de la Ciudad que le vio nacer, donde era muy querido por sus paisanos. En mi memoria el recuerdo de un amigo y un MAESTRO insustituible. D.E.P.*

El susodicho Don TOMAS, como se dice vulgarmente, “no dejó títeres con cabezas”, y proliferaban los enfrentamientos cada días con todas y con todos, especialmente con algunos Procuradores y Abogados, a quienes, en su momento, debido a lo “muy pelota que era”, para sacarle más gratificaciones, aparte de   las Tasas Judiciales, -lo que era muy normal entonces en los Juzgados-,les pedía disculpas, y daba por zanjado el desencuentro.

También eran cotidianas las discusiones y enfrentamientos e insultos personales con todos los funcionarios que conformaban la plantilla del Juzgado. Un día fui al despacho del Juez, para pedirle que interviniera ante el Secretario, a fin de que modificase sus modos y sus insultos, Don Ricardo,  de forma beatífica me aconsejaba que: “no hagas casos. Es su forma de ser, en el fondo no es mala persona. Trátalo con respeto y no entres al trapo en su provocación, porque si le muestras enfado, se indignará todavía más.”  O sea, que había que aguantar, o dejarlo. Opté por aguantar, pues estaba seguro que mi puesto de trabajo estaría más seguro cuando me nombrasen interino, y no dependiera de su bolsillo.

Las características físicas del personaje, no exagero si digo que medía poco más de un metro de estatura. Sus extremidades, tanto  manos como pies eran de un tamaño pequeño. Su movilidad era reducida, andaba con mucho esfuerzo y parándose a cada instante, porque se asfixiaba. Las rodillas no le daban juego para la movilidad; tenía problemas en la rotulas. Se ayudaba de un bastón, pero casi no lo apoyaba en el sueldo al andar. La cara, era el espejo de su alma, -nunca mejor aplicado el dicho-.  Un genio insoportable, a cualquier hora del día. Intratable en todo momento. Si le contradecías, o le hacías repetir cualquier frase o palabra, tenías que escucharle las frases más soeces y groseras que se puedan escuchar en la vida. Como  cordobés, el taco de “cipote”, estaba a flor de labios en todo momento. “¡¡Por la  Virgen del Carmen!!”, era su jaculatoria  más corriente cuando tenía que reprenderte, pero siempre  en un tono agrio, grosero e insultante, para, seguidamente, llamarte… “¡inútil!!”. Vestía totalmente de negro, en invierno y en verano, con una mascotilla que cubría su cabeza totalmente calva. Su dieta, cada mañana, consistía en una infusión de TÉ con aguardiente, que le traía el que fue su recadero, desgraciadamente fallecido muy joven, “PAQUILLO”, a quién maltrataba de forma desconsiderada, por un sueldo miserable, sin tenerlo dado de alta en la Seguridad Social, por supuesto. Paquillo era sus pies, sus manos, sus ojos y sus oídos.  Incluso iba a la fonda por él, lo levantaba, le lavaba los pies y le ayudaba a vestirse, por sus limitaciones físicas de las articulaciones. Su andar se producía sin doblar las rodillas. Su asiento o sillón de madera, adaptado a él, tenía una altura considerable, le costaba mucho esfuerzo subirse para ocupar su asiento, al bajarse lo hacía dando un salto desde el asiento del sillón  al suelo. Uno de los cajones de su mesa siempre lo tenía lleno de frutas y de puros habanos, que los fumaba durante todo el día. Se resfriaba mucho durante el año. Los estornudos eran constantes; alguna que otra vez, por tener el puro en la boca, éste salía disparado, a un estornudo imprevisible, hacia  enfrente: podía caer en el montón de documentos y papeles que tenía delante o, como ocurría en múltiples ocasiones, su destinario podía ser el  interlocutor que tuviera delante conversando, al que ponía la ropa llena de cenizas con peligro de quemarla.

Toda una joyita, que le cayó como “premio envenenado” al Juzgado de 1ª Instancia é Instrucción  de Écija, durante los primeros años de la década de los años sesenta. Este señor  vivía absolutamente solo en Écija. Se hospedaba en  una habitación  de la casa, propiedad de la familia de Mariano Gárfias, en la calle Estudio, (hoy Practicante Romero Gordillo). La familia, -mujer y varios hijos-, residían en Córdoba. Aquí, en Écija, no tenía a nadie que lo cuidara, en parte porque él se negaba a tener a alguien.  Algunas veces le visitaban dos de sus hijas, para darle una vuelta, é interesarse por su salud;  visitas que se prodigaban poco, y por un tiempo brevísimo. Paquillo su ayudante,  en una de las visitas de sus hijas,  fue testigo del comportamiento y mal trato que Don Tomás tuvo con ellas gritándoles y llamándolas de todo lo “bonito”, en un  lenguaje soez. Los insultos hacia ellas eran una constante, durante el tiempo que duraba la visita.

Una mañana, según me comentó Paquillo,  al ir a la casa para despertar a Don Tomás, oyó las  voces de éste, y al entrar en la habitación pudo ver una desagradable escena de Don Tomás gritando a su hijo, quién  había venido desde Córdoba la tarde anterior; y estando Don Tomás sentado en la cama,  el hijo arrodillado en el suelo poniéndole los calcetines y las botas, el padre enfadadísimo, de forma   inesperada, le soltó un fuerte puntapié en la cabeza al hijo, con tanta fuerza que lo lanzó hacia la pared de enfrente, ocasionándole una leve y momentánea pérdida de conocimiento.

Narro todas esas cualidades violentas del susodicho Don Tomás, para que sirvan como  datos de su fuerte y peculiar personalidad: quizás motivado por un complejo físico muy justificado. Pero, no obstante, entre los rasgos positivos de su personalidad, estaban la capacidad de trabajo y su relevante ingenio e   inteligencia. Él sólo, con la ayuda del mecanógrafo, -en este caso mi persona-, situado delante de él en la mesa, con la maquina Hispano Olivetti, perfectamente engrasada,  a ambos lados de sus manos, ponía dos enormes montones de expedientes judiciales,  asuntos   civiles, y otros documentos, para ser resueltos en la mañana. Las  Leyes procesales civiles, que contenía un libro muy grueso, y que fue muy familiar su uso en los órganos judiciales durante   aquellos años, editado por “Medina&Marañón”. Comenzábamos cada  mañana, sobre las 9,00 horas, sin tregua ni descanso –salvo para cuestiones fisiológicas, o atender a las llamadas telefónicas-, a una velocidad, en cuanto a  pulsaciones por minuto, que rondaban las 400 pulsaciones. Acabábamos la tarea, o sea, liquidábamos  los dos montones de asuntos, cerca de las 15,00 horas. Aquello era eficacia, rapidez y puesta al día de una secretaría, como jamás volví a ver después, en los sucesivos años que serví a la Administración de Justicia.

La virtud de Don TOMAS GUTIÉRREZ PAVON, para realizar las referidas  funciones, era su inteligencia, su capacidad, basada en muchos años en el ejercicio de su profesión, en diversos y  diferentes órganos judiciales, de la Península e Islas Canarias. Sus dotes, su memoria, queda fuera de toda duda. Como Don Tomás Gutiérrez Pavón, su estilo, sus reflejos, su capacidad de trabajo y resolución, en todos los órdenes, CIVIL, PENAL o GUBERNATIVO, nadie, ningún Secretario –hombre o mujer- se ha acercado, ni de lejos a aquél ser sobrehumano. Sus defectos eran incalculables, pero sus virtudes eran incuestionables.

(*) En la siguiente caricatura, aspecto muy parecido del mencionado Don Tomás.

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