
En el artículo anterior nos quedamos en la barbería esperando turno. Era el mes de agosto y ya estamos en septiembre. De aquí a nada otra vez los mantecados, casi ná con la que está cayendo. Decía que en las largas esperas se hablaba de todo menos de política, ahora es al revés. Al igual que los arreglos que se hacen ahora la gente nueva con esas enormes crestas de colores y esos surcos que los peluqueros modernos les hacen en la mollera a los chavales que parecen indios papúas, además de unos premeditados trasquilones a gusto del consumidor. Sin olvidar la moda de esa barba de aspecto despreocupado pero que se ha cuidado hasta el último detalle y que atiende al nombre de “hipster”.
Y para terminar con los barberos les voy a contar un caso que se dio aquí en la comarca. Llegaba a la barbería todos los días un señor y le preguntaba al maestro que cuántos había. Este le respondía con los que había en aquel momento esperando y el buen señor se marchaba. Al día siguiente, la misma faena. Así estuvo una semana hasta que el maestro mosqueado le dijo al aprendiz (figura desaparecida) que siguiera al supuesto cliente a ver lo que hacía después de preguntar. Al regreso, el mozo le detalla pormenorizadamente lo ocurrido.
-Mire usted, cuando sale de aquí, se va a una floristería, compra un ramo de flores y se mete en su casa.
-¿Y eso es todo? –le preguntó el maestro.
-¿Le parece a usted poco? ¡Se mete en su casa! En la de usted, maestro…
Antes del gran invento de la cita previa existía la costumbre de pedir la vez. Llegabas a cualquier comercio, tienda de ultramarinos, pescadería, panadería, churrería,… y aparte de dar los buenos días (costumbre también perdida), decías “quién es la última” y a esperar tu turno, una norma no escrita que todavía se sigue en los pequeños negocios de algunos pueblos. Sin embargo, en las grandes superficies, aparte de engañarte en los precios con tanta segunda unidad en cuanto te descuidas, en algunas secciones han colocado unos aparatos la mar de prácticos que con sólo un tironcito sacas un trocito de papel con un número que a su vez aparece en una pantalla y aquí sí que se acabó la conversación, cada uno a lo suyo y adiós muy buenas.
Luego está lo de las reservas que es otra variante de las citas previas. Si quieres ir a un hotel o restaurante de medio pelo, si no has reservado antes con dos meses de antelación, no tienes nada que hacer. Si el establecimiento es de pelo entero, o sea de estrellas Michelín, hazlo con dos o tres años de antelación, de lo contrario te quedarás con las ganas de probar el plato de moda con todas sus deconstrucciones y la leche que mamaron incluidas. Pero como no hay mal que por bien no venga, tú no irás a estos lujosos sitios, pero tu cartera te lo agradecerá eternamente. Seguro.






















