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Hablar por hablar.- También hay perros jarochos.- Francisco Martínez Calle

Francisco Martínez CalleSon las nueve de la mañana y, como todos los sábados, espero a Pablo para desayunar. Para desayunar, hablar de nuestras cosas y de nuestros asuntos comunes, pasear a los perros y, en fin, gastar amablemente nuestro tiempo de jubilados.

            -Francisco, si te parece bien –me propone Pablo-, mientras abren el bar, podríamos visitar el parque de perros, construido recientemente por el Ayuntamiento.

            -Eso está hecho –concedo-, pues también yo tengo ganas de conocerlo.

Ya en el parque, la impresión que tenemos ambos no es muy buena. Varias personas se creen con derecho a soltar a sus perros, los cuales, en plena libertad, aprovechan para correr, saltar, ladrar… y, como era de esperar, agredir a los más pequeños, tímidos y débiles.

-Nos vamos a tener que ir de aquí –me susurra Pablo-, porque hay dos o tres perros jarochos que no dejan vivir a los demás.

-Estoy de acuerdo –le respondo, absolutamente incómodo, por la actitud de los caninos a los que mi amigo, él sabrá por qué,  llama jarochos.

Ya en el desayuno, lejos del parque canino, mucho más relajados, me dirijo a Pablo con el fin de cerciorarme:

-Pablo, ¿cómo has llamado antes a esos perros insociables, que ahora no lo recuerdo?

-Pues jarochos, como lo que son; es decir, perros agresivos, desobedientes, sinvergüenzas…

-¿Es usual esa palabra en Écija? –le pregunto, con la seguridad de no haberla oído jamás.

-En mi familia por lo menos –aclara Pablo-, siempre la hemos utilizado, cuando ha sido necesario, tanto  para los perros como para las personas…

Terminado el desayuno, me dirijo a casa con el propósito de no olvidar la palabreja, la cual ha despertado mi interés. Una vez allí, sin ninguna dilación, consulto el Diccionario de la Lengua Española (2014) y, efectivamente, allí aparece el exótico vocablo y su primera significación:

Jarocho, cha. adj. Dicho de una persona: De modales bruscos, descompuestos y algo insolentes.

Avivada entonces mi curiosidad por el hallazgo, me atrevo con el Vocabulario Andaluz (1998), que por cierto, tampoco me decepciona:

Jarocho, cha. adj. Campante, terne, fresco.

“De le enfermedad quedó tan jarocho.”

En mi fuero interno doy las gracias a Pablo, por proporcionarme una palabra tan sencilla y tan nuestra, como jarocho, para definir, entre otras cosas, el carácter de algunos de los perros del parque canino recién construido. Por ser tan sencilla y tan nuestra, nada tiene que envidiar el término a esa riada de anglicismos, la mayoría injustificados,  que diariamente invaden nuestra hermosa lengua española.

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