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COSAS QUE PASAN Benditos bares (IV) José de Pineda

¿Y las Pascuas cómo se pasaron? ¿Bien o en familia? Antes del paréntesis navideño, escribíamos de  las tapas características de cada bar, a las cuales y debido a la escasez que había en las casas, se recurría para variar de tanta “olla y papas fritas”. Un vecino de aquella época que cenaba todas las noches olla, un día se le pegó la comida y entonces la madre le puso papas fritas. El chaval enfadado, le dijo que papas fritas de noche no era comida. Como decía, cada local tenía una especialidad. En el bar La Esquinita que regentaba el bueno de Manolillo Olmo, se despachaban toda clase de conservas de pescado impregnadas con la salsa de tomate “Musa”, ahora le dicen kétchup. Y en el bar de Pepillo Morales, que luego pasó a llamarse Bar Central, su esposa Lolita freía los mejores pajaritos y zorzales de la comarca. Por aquel tiempo, un hombre de campo, sabio y formal reconvertido en tabernero, abrió el Bar Castilla y fue el que le dio un empujoncito a lo que hoy son los famosos “picos de La Luisiana”, pues en una panadería cercana, él se hacía los rosquitos para su bar. Nada más llegar y después de servir la bebida, decía muy serio: “Señores, tapas: el menudillo de pollo, la carne con tomate, las salchichas hervías en vino, el chorizo al infierno, etc”.

También eran muy curiosos los azulejos que colgaban en la pared del bar con alegorías como “Si bebes para olvidar, paga antes de empezar”,  “Hoy no se fía, mañana sí”, “Bota sin vino, olla sin tocino”, y en una viga del techo tenía colgado un ceporro y en la parte de abajo se leía: “Pagas o bajo”.

Era todo un espectáculo escuchar a aquellos camareros recitando de memoria una lista interminable de tapas del día, siempre con el mismo orden y que casi siempre empezaba por la carne con tomate y terminaba con el socorrido queso manchego. Este hombre que terminaba casi sin respiración después del recital, más de una vez y ante la desatenta clientela y la consiguiente pregunta “¿me las puedes repetir?”. Vuelta a empezar, para al final el cliente decir, “ponme lo primero que dijiste…”.

Uno de los mejores pregones que se escuchaban los daban los hermanos en el famoso Bar Casimiro de Écija. Era todo un espectáculo y mucha gente de toda la comarca acudía, aparte de escuchar la interminable lista de tapas, a degustar sus famosos y exquisitos riñones al Jerez.

De las tapas recitadas y escritas en una pizarra casi siempre de Coca Cola, hemos pasado a esas horrendas cartulinas plastificadas, algunas con grandes lamparones de tanto manoseo.  Ahora cuando alguien llega a un bar, lo primero que hace es irse directamente a la vitrina que tienen colocada encima del mostrador y el cliente sobre la marcha y sin mediar palabra, elige la especialidad de la casa. Hoy en día, aquella frase en voz alta de “¡oído cocina!”, casi no se escucha. CONTINUARA.

 

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