Y con esta entrega doy por finalizado el recorrido que durante ocho artículos hemos hecho por la historia reciente de las tabernas y bares de nuestros pueblos. No sin antes dar las gracias al creativo de Coca-Cola, por haberme prestado el slogan de su campaña para titular estas columnas. He dejado para el final una serie de frases y comentarios que se escucharon en estos lugares, que han quedado para siempre en la memoria de muchos vecinos de La Luisiana y que los más mayores recordamos con simpatía y aprecio hacia aquellos personajes.
En los años 50, un vecino que vivía en una “casilla” de la periferia, venía al pueblo cada quince o veinte días en su burro, perfectamente aparejado con sus serones para hacer los “mandaos”, y de paso darse un homenaje recorriendo sus “altares” preferidos catando los ricos caldos de la Palma y Bollullos. Sabedor de que tardaría en volver, decía como el otro; “un día es un día y a ver cuándo me veo en otra”. De la mañana a la noche empinando el codo, llegaba un momento que no se sostenía y los taberneros le aconsejaban que se fuera para la casilla, a lo que él siempre contestaba con la lengua trapajosa y dando “camballás”:
-“¿Tú sabes cuándo se va a ir Rafalillo? Rafalillo se va a ir cuando le salga de los cojones”.
Célebre era también la frase que siempre pronunciaba el recordado y querido don Simón, cura párroco bueno y culto, que después de celebrar su misa diaria se tomaba sus tintitos en compañía de su amigo José “El familia” en la cercana taberna de Manolé. Lo que pasaba es que después de uno venía otro, y otro, y cuando José preguntaba al reverendo: “Don Simón, ¿nos tomamos otro?”. Este siempre le contestaba: “Tú mandas, José”.
A otro vecino del pueblo, cuando se pasaba con los “monos”, le daba por hacer tratos con las tierras y el ganado del padre sin el consentimiento de este, y cuando el supuesto comprador venía a cerrar el trato, el verdadero dueño le preguntaba al interfecto: “¿Esto en qué taberna te lo ha dicho?”. A lo que el tratante contestaba: “En el bar de Manolito”. “¡Bueno, pues donde mete los embustes más gordos es en el bar de Manolé!”, concluía el padre.
Famosa era también la frase que pronunció aquel parroquiano, que acostumbrado a beber solo vino blanco, un día, no se sabe por qué motivo, se tomó “unos tintos” que le hicieron más efecto del esperado, y camino de su casa, dio un tropezón y dijo:
-“¡Cojones con el tinto que también marea!”.
O aquel vecino que cuando necesitaba un trago y no podía ir solo decía:
-“¡Qué malito estoy, llevarme al bar!”.
Al igual que las frases, también se veían muchos carteles con comentarios como el que decía: “Los que participan en los juegos de azar es que no creen en la Providencia”. O aquel otro que ponía: “Cerramos unos días para descanso de los señores clientes”.






















