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HABLAR POR HABLAR. DE PASEO POR LAS CALLES DE ÉCIJA. – Francisco Mart

 

Alguien ha dicho en alguna ocasión que lugares privilegiados para conocer la evolución de una lengua son los cementerios. Y es cierto, porque, a través de las inscripciones sepulcrales, especialmente si corresponden a difuntos de origen humilde, se pueden observar los cambios sucesivos de un idioma, no siempre registrados en otros textos, hasta no hallarse establecidos en el sistema.39francisco martinez calle

            Algo así ocurre con los callejeros, verdaderos auxiliares de los estudios históricos. En efecto, si nos detenemos en los nombres de las calles de cualquier lugar, veremos que con frecuencia nos remiten a usos y costumbres de la comunidad allí instalada.

            Para confirmar cuanto he dicho, he tomado unos ejemplos del libro Los nombres de las calles de Écija (Marina Martín Ojeda, 2007) que, en orden alfabético, expongo a continuación, junto a sus significados correspondientes:

albardería (casa, tienda o sitio donde se hacen o venden albardas),

 alcaicería (mercado o edificio cuadrado en forma de claustro con habitaciones, depósitos y tiendas para mercaderes),

 alfareros (fabricantes de vasijas de barro cocido),

 almonas (casa , fábrica o almacén público),

 arrieros (los que trabajan con bestias de carga),

 bataneros (los que cuidan de los batanes o trabajan en ellos)

 cabritera (persona que vende carne de cabrito),

 canasteros  (personas que hacen o vende canastas),

 cantarería (lugar donde se venden cántaros),

cestería  (sitio donde se hacen cestos o cestas),

cintería (tienda en que se venden cintas),

 guarnicionero (el que hace o vende guarniciones para las caballerías),

  odrería  (taller donde se hacen o venden odres),

 sayalero (persona que teje sayales),

 tenerías  (casas donde se curten las pieles).

Qué interesante, sin duda, por su realismo y colorido diverso,  sería poder recorrer en la actualidad las calles de Écija  y contemplar al albardero, al alfarero, al guarnicionero y otros muchos artesanos,  cada uno dedicado a sus quehaceres, en las puertas de sus casas; hacer la compra en la alcaicería o en las almonas, allí donde hubiera mejor oferta; retirar algún encargo de la cintería; ponderar la habilidad del arriero al verlo conducir por el pueblo su recua de animales; saludar de lejos a los bataneros y los curtidores, al cuidado de sus industrias, todos junto al río;  comprar algo de carne en el establecimiento de la cabritera; y, ya de vuelta a casa, tantear, al paso, el precio de los sayales, las canastas, los cántaros, los cestos y los odres, objetos todos utilísimos.

A propósito de los odres, se me ocurre que un buen ejemplar habría de ser un objeto imprescindible en cualquier casa de costumbres razonables. ¿Cómo, si no, se podría conservar en buen estado, e incluso mejorar, la calidad del vino del ventorrillo (tienda de vinos a las afueras del pueblo), en una época en que aún no existían los electrodomésticos? Francamente, lo veo lógico.

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