“Dedicado a todos los de mi generación, o sea, a los que nacieron en los años 40 y 50 del siglo pasado. ¡Va por ustedes!
Al igual que algo se muere en el alma cuando un amigo se va, como reza la sevillana, a mí me ocurre algo parecido cuando veo que los viejos bares de nuestros pueblos y ciudades que conocimos desde nuestra niñez echan el cerrojo además definitivamente sobre todo en los pueblos. Es descorazonador ver cada vez que pasamos delante de lo que va quedando de cada uno de esos auténticos templos del moyate, la mayoría de ellos cargados de historias interminables y que irremediablemente nos recuerdan a nuestros antepasados y a las mil y una peripecias vividas en nuestra juventud.
Para los que hemos sido fervorosos, asiduos y fieles visitadores de todos esos “benditos bares” cargados cada uno de ellos con una historia, idiosincrasia y clientela variopinta, habría para escribir decenas de novelas de toda temática; social, económica, política, de amores y desencuentros, de infidelidades buscadas y sobre todo de humor, mucho humor, de ese humor que ahora se echa tanto de menos, porque a pesar de las dificultades que teníamos los parroquianos en aquellos duros tiempos de penuria y escasez (nuestros padres y abuelos ya ni te cuento), a las tabernas que es como se conocían a estos lugares, se acudía aparte de trasegarse unos vasos de vino y el que podía degustar alguna que otra “tolita”, a olvidarse literalmente de las penas que en aquel momento nos acuciaban.
De ahí aquel famoso azulejo que se exhibía en algunas tascas que rezaba así: “Si bebes para olvidar, paga antes de empezar”, o aquel otro que recordaba: “Hoy no se fía, mañana sí”, lo que ocurría es que ese mañana para muchos desgraciadamente nunca llegaba, aunque eso sí, la libreta o pizarra del tabernero no se librara de algún que otro apunte de los clientes más zalameros y engatusadores del lugar, llegando los más atrevidos y caraduras incluso a pedirle cierta cantidad de efectivo para redondear la cuenta. La mayoría de las veces se perdía el dinero y al cliente por supuesto no se le veía más el polvo por el lugar.
Ir también a una taberna en aquellos años no era tan solo a tomarse un “medio, una copa, un vaso, un mono, un lagarto, un sulfurino (vino blanco peleón con sifón) o como se dijera en cada lugar, era también buscando esos aromas y olores a guisos y frituras de cocina de pueblo que en nuestras casas no existían y que envolvían el ambiente a mediodía y al atardecer cuando los trabajadores volvían de los tajos. Otra de las benditas costumbres que se perdieron fueron aquellos interminables recitales que algunos camareros nos brindaban cuando nos recomendaban una tapa: “¿Qué hay? Tengo la carne con tomate, los riñones al Jerez, la asadura dura, los callos, la sangre encebollá, menudillo de pollo, el chorizo al infierno, la ensaladilla rusa, huevas con mayonesa, huevos rellenos, gambas rebozadas, boquerones en adobo, papas aliñás,… y así hasta cuarenta y tantas tapas más, hasta que el gracioso de turno le decía al sufrido recitador de tapas que le pusiera la primera que nombró. Lo que éste pensó, se lo cuento con mucho gusto otro día.
Que ustedes se lo beban, se lo coman y por supuesto, que lo pasen bien. Continuará.






















