No me gustan, por ejemplo, los restaurantes que cobran el pan y los picos, mucho menos los que cobran por utilizar los cubiertos. Recuerdo que fue en Londres hace ya la tira de años cuando por primera vez quisieron cobrarnos en un restaurante italiano el servicio de cubiertos.
Éramos cinco parejas pero me tocó a mí arreglar el asunto con el camarero. Le dije que si nos cobraban por utilizar los cubiertos, nos quedaríamos con ellos. Un italiano y un español, además en Londres. Mala cosa. Al final no pagamos el servicio y los cubiertos para él.
No me gustan los maleducados, ni tampoco los interesados empedernidos, ni los egoístas y mucho menos los egocéntricos y ególatras sin disimulos. No me gustan los políticos que mienten compulsivamente a sabiendas, ni los ineptos profesionales. No me gustan las películas belicosas, la música estruendosa ni los tintos de verano. Tampoco los pusilánimes, ni los curas arrepentidos, ni la soledad obligada, las tormentas de verano, ni el frío que penetra en los huesos o el calor sofocante y húmedo del terral, como tampoco me gustan los viajes de diez o doce horas en avión, ni los caracoles en salsa, bueno ni en salsa ni de ninguna manera.
No me gusta nada la oscuridad, ni los caminos que van a ninguna parte, ni los viajes sin retorno y por supuesto los regresos anticipados o las 20.000 leguas de viaje submarino. No me gustan los donde dije digo, digo Diego, ni los dimes y diretes, como tampoco me hace mucha gracia pagar impuestos, sabiendo que no van a ser debidamente administrados. En fin, hay tantas y tantas cosas que no me gustan que no sé si seré capaz de completar esta columna que los señores de ecijadigital me ceden cada cierto tiempo para decir en COSAS QUE PASAN, las cosas que no me gustan.
Tampoco me gusta andar a ciegas, ni los zapatos estrechos ni los huevos escalfados o el arroz de un día pa otro, ni el pescao frito frío o el café hirviendo (sobre todo en verano). No me gustan las noches de insomnio y muchísimo menos si es verano, ni las sábanas empapadas del sudor evacuado. No me gustan los perros que mucho ladran y poco muerden, tampoco me gustan mucho los que se pintan el pelo, no me gustan nada, nada lo que se dice nada; los desagradecidos, los desaprensivos, los compulsivos, los engreídos.
No me gustan los jueces injustos, vulnerables y muchísimo menos quien los manda, ni los que prevarican, o los que malversan, ni las tomaduras de pelo. Ni los impostores charlatanes que te asedian y avasallan por teléfono queriéndote siempre dar gato por liebre o vendiéndote el mejor precio de la luz, ahora que está de moda. No me gustaban nada los duros a reales ni ahora los euros a sesenta céntimos, tampoco me gusta nada la ambigüedad calculada, ni los títeres sin cabezas ni muchísimo menos los mensajes inclusivos.
Y para terminar, les diré con todo el respeto y el cariño que les tengo, que tampoco me gustas tú, ni tú, ni tú tampoco y Sanseacabó, no tuvo vigilia, como decía mi madre.






















