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DESDE UN LUGAR DE MALLORCA | EL LADO EXTRAÑO DEL DOLOR (I) | José Calderón Barrios

Para hablar del dolor hay que tener nociones de filosofía… y poseer, al menos, el graduado escolar. Yo soy “filoforofofo”, filofilósofo o aficionado. Según el austriaco, K. Popper, todo ser humano lo es, ya que cada uno adopta una actitud diferente ante la vida y la muerte. Además, es más fácil y más barato imaginarse filósofo que serlo en realidad.

Siempre he ido “de por libre”, por eso no paro; ya cuento con experiencia octogenaria, y la visita de mis antepasados, retatarabuelos que se aparecen en sueños, en el abismo profundo y negro de la noche, hablando entre ellos. Me pasan los días muy rápidos y es que, probablemente, me están llamando mis ancestros para avisarme de que hay un complot aquí abajo para hacernos desaparecer a muchos que estorbamos. ¿Por qué diría Ortega y Gasset que “los muertos se comen a los viejos?” Perdón, lapsus plumis, quería decir a los vivos, no a los viejos. Y es que, a veces, escribo como si estuviera borracho, será que veo muchos telediarios.

El principio de toda sabiduría es la admiración y la curiosidad. El existencialismo es la filosofía de la existencia y es más fácil de definir y localizar. Aparece en Europa después de la primera guerra mundial, se impone en el período que transcurre entre las dos guerras y se extiende durante los 20 años siguientes al fin de las dos contiendas mundiales. Así, el existencialismo expresa la situación histórica de una Europa herida física y moralmente. Una época de crisis que contempla al hombre como un ser limitado, con los días contados, siempre afectado por situaciones problemáticas, trágicas y absurdas. Existen diferentes tendencias del existencialismo, cuales son: Dios, el mundo, la nada, el hombre, que es el único sujeto que puede filosofar.

¿Nacemos sociables o aprendemos a serlo? ¿Somos genéticamente egoístas o bien somos buenos por naturaleza? ¿Ángel o demonio? División de opiniones.

A partir de la Edad Moderna surgen con fuerza las teorías que niegan al hombre todo instinto social.

Thomas Hobbs, autor inglés, en su obra “Leviatán”, nos muestra una visión pesimista de la naturaleza humana, abreviada en la máxima: “El hombre, lobo para el hombre”. Según Hobbs los individuos somos egoístas y agresivos por naturaleza, y solamente el miedo al castigo nos obliga a respetar la ley y mantenernos en sociedad. Más tarde, el médico y filósofo Sigmund Freud le dará la razón asegurando que la cultura es como un dique que construimos para protegernos contra el torrente devastador de nuestros propios instintos. “Homo homini lupus”.

Me permito imbricar la siguiente noticia para dar más ambiente al tema que nos ocupa. En el mes de mayo pasado (2021), desde Berlín, saltó una noticia perversa. La policía alemana de la Oficina Federal de lo Criminal (BKA) detectó, en la red oscura de Internet, una de las mayores plataformas de pornografía infantil del mundo, con más de 400.000 abonados. De momento han sido detenidas siete personas por difusión de violencia sexual contra menores. Los investigadores describieron las imágenes incautadas como “monstruosas”.

Nada, que el mundo está “escacharrao” y no hay técnico que sepa arreglarlo. Bueno… hay, está, pero todavía no.

La sociedad de bienestar produce felicidad pero, a la larga, la felicidad sin Dios produce la muerte. ¿Por qué mató Caín a Abel? Porque no permitió que su hermano fuera más que él; porque había surgido de repente la hermana envidia, de pensamientos sombríos e intenciones vengativas.

La primera palabra que emite un bebé es “abba”, padre en arameo. Le pregunté a una madre si era agua lo que pedía el niño, y me contestó: “Agua y todo, es lo único que dice”. Un año después extiende su vocabulario exclamando, ¡Mío, mío! -si alguien toca sus juguetes-. Posiblemente un hermano mayor que no habría solicitado aumento de familia, se queja a la madre: Pero este niño ¿qué, que lo quiere todo para él? Y así empieza la expectación y los cálculos interesados de una historia más, interpretada por esos bichos con alma que somos los seres humanos.

Cuando Vicente del Bosque era seleccionador nacional nunca sonreía, “rostro impenetrable”. Con motivo del mundial de fútbol, un periodista le preguntó: ¿Si ganamos, sonreirá? Él contestó: lo intentaré. Sin embargo, cuando presentó al público a su hijo Álvaro, con síndrome de Down, apareció sonriente, con sonrisa abierta y auténtica. Todos vieron quien lo hacía sonreír. El hijo, cuando su padre perdía un partido lo esperaba en la casa para animarlo: ¡Papá, no te preocupes, no pasa nada! Y es que el influjo misterioso que sale del débil tiene la facultad de hacernos fuertes.

Este matiz, esta propiedad del lado extraño y benéfico del dolor es lo que yo, hoy, quería señalar.

(Continuará)

 

José Calderón Barrios

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