Sí, así en plural. Pero no me voy a referir sólo a esos artilugios modernos llamados Ipad, también denominados por los cursis como <terminales> que sirven para muchas cosas, incluso para hablar. Y digo que no me voy a referir a esos aparatos porque ¿Qué les voy a contar a ustedes que ya no sepan (y que tan bien manejan) sobre éste fenómeno que va a volver loco a media humanidad, desde el niño de 3 o 4 años al abuelo de 80, además no respeta condición social, política ni religiosa . En alguna ocasión he visto a sacerdotes que hasta en el confesionario están conectados ¿con Dios? Ante mi desconocimiento muchas veces pienso si en el cielo habrá cobertura y si Dios también tendrá su ipad para hablar directamente con el Papa Francisco.
Realmente me gustaría comentarles algo, sobre todo para los más jóvenes acerca de aquella telefonía de los años 50 y 60 que tan bien conocí por vivir cerca de donde estaba ubicada lo que por entonces se conocía como centralita y ser amigo del nieto de Rosarito que así se llamaba la señora encargada del locutorio que Telefónica (Ahora Movistar) tenía en La Luisiana ¡¡Qué tiempos aquellos!!
La primera central telefónica fue inventada en 1877 por un húngaro llamado Tivadar Puscás que trabajaba precisamente con Thomás Alva Edison o sea, el inventor del teléfono, pues desde entonces hasta ahora, ya veréis lo que pasó.
En aquellos tiempos, no en 1877, sino en los años 50 y 60, era toda una odisea hablar por el <aparato> como también se le conocía, pues tú llamabas a alguien y preguntabas, ¿fulano de tal? y contestaba; al aparato. Si no eras uno de los 40 privilegiados que por aquella fecha estaba abonado y podía llamar desde su casa, estabas perdido. Tenias que desplazarte hasta la casa donde estaba instalada la centralita que constaba de una habitación en la cual había un mueble de madera con muchos agujeros y clavijas que la operadora de turno manejaba con gran destreza, sobre todo cuando le daba al manubrio que servía para realizar la conexión. En la antesala había un banco para las largas esperas y una cabina de madera con una puerta mitad acristalada, lo que facilitaba la visión con la operadora y con el resto de parroquianos que esperaban su turno, y entre los gestos y las voces que retumbaban en la cabina, todo el mundo se enteraba de lo bueno o malo que a éste le ocurría.
Fueron muchas las noticias importantes que trascendían y que a los interesados les hacía muy poca gracia su difusión ya que se trataba de asuntos muy personales como un embarazo de la niña que estaba sirviendo en Sevilla, la devolución de una letra de cambio y casi todas las culpas eran siempre para Merceditas que era la operadora que más tiempo estaba al pie del cañón. Si quieren saber más sobre teléfonos, no se retiren del <aparato> CONTINUARA.























