¿Había dicho yo ya que por la calle san Miguel, de Palma, pasaban muchas gentes?, creo que sí. Pues bien, siguen pasando. Va cada uno con un objetivo, con una idea diferente. Hay mucha diversidad, mucha antonimia. Los hay que vienen huyendo del Reino de Dios, para instalarse en el Reino Vegetal, y vegetan, comen, beben y copulan al ritmo de las olas. Marchan de prisa, con la boca llena de dientes, a vivir con premura, porque no creen en el futuro porque mañana temen morir. Apuesto que, al menos, el 40% portan en su bolsillo un cupón de ciegos, una quiniela o un décimo de lotería, porque no creen en milagros, esperan que el azar les solucione el problema económico que lleva pegado a la espalda, como una mochila pesada. Algunos van discutiendo, encrespados en alguna cuestión deportiva, política o social, y es que cada español lleva dentro un político, un entrenador de fútbol, o un auxiliar de farmacia. ¿Por qué van algunos hablando solos? Porque están tristes, porque han visto demasiado mundo. Dos hombres con sendos chuchos, manotean acalorados, discutiendo sobre un problema de comunidad de vecinos de la zona. Sus perros, sentados sobre las patas traseras, se miran y parecen dialogar; a juzgar por sus gestos de orejas y rabos se diría que estuvieran criticando a sus dueños.
Hace ya varias décadas, un americano escribió un libro, “El crack del futuro”, cuyo argumento trata de un tren que, irremediablemente, se dirige, a todo tren, con frenos rotos, auna curva muy cerrada situada en un despeñadero. El jefe del convoy lo hace saber a los pasajeros. Estos reaccionan de diferentes formas, el 93% de ellos, gritan horrorizados, el 4% intentan huir al último vagón, porque creen que es en el que hay más posibilidades de sobrevivir y así aprovecharían para robar a los demás. Sólo el 3% preocupados por los demás, se esfuerzan por llegar a la locomotora, para intentar salvar la situación.
Y continúa la marcha peatonal. No todo lo que va sobre dos patas es humano, van, incluso, muertos andando, Decía Gabriel Marcel, el que con 4 años perdió a su madre y nunca lo comprendió, que si sólo hubiera vivos, la Tierra sería inhabitable.
Sigo a paso lento a través de la calle y oigo las notas excelsas de la novena sinfonía, una música monumental para un momento intrascendente, “allegro ma non troppo”. Veo que los Clásicos acordes salen de una tienda de “souvenirs”; la propietaria ha notado que cuando suena esta música entra más gente, que Beethoven, vende. Y siguen sonando las notas de esta pieza universal, La muy pícara dueña ha puesto al ilustre sordo, Ludwig van Beethoven, a vender camisetas, a precio de oferta.






















