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DESDE UN LUGAR DE MALLORCA | EL LADO EXTRAÑO DEL DOLOR (V) | José Calderón Barrios

¿Qué está pasando en el mundo que cuando un psicópata mata lo hace riéndose?
¿Qué le falta a un niño que se autolesiona en su habitación de lujo?
¿Por qué un padre mata a sus propios hijos para vengarse de su mujer? El que odia prolonga el reino del mal.

¿Por qué en una parte del mundo, varios jóvenes hacían cola para violar a una adolescente, grabándolo en el móvil, para jactarse luego con sus amigos?
     El psicólogo Marc Masip, experto en adicciones de menores a la pantalla, dice que estamos creando una sociedad de cobardes sin habilidad para relacionarse. El móvil, asegura, es la heroína del siglo XXI. Produce en los niños aislamiento, fracaso escolar, agresividad, problemas de higiene y alimentación, ansiedad, depresión, etc., etc.
     Stephen Hawking, el científico con ELA, autor de «La historia del tiempo», 10 millones de ejemplares vendidos en 40 idiomas, decía que el hombre procede de una raza avanzada de monos.
     Los póngidos son primates con formas emparentadas con el hombre, como el orangután, el gorila o el chimpancé. Son monos que caminan erectos sobre sus patas posteriores, si bien se apoyan también en las anteriores. Llegado a este punto se podría afirmar que el hombre que no se comporte decentemente se le podría calificar de «orangután con pantalones», o como un póngido cualquiera, ordinario y procaz.
     Yo, que soy un explorador pertinaz entre las boscosas páginas de la Biblia, he descubierto que esta teoría del hombre animal es contemplada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Así en el Salmo 72,22 (Vg) se oye un clamor: «¡Señor, yo era un necio y no sabía nada, era para Tí como un bruto animal!». Judas Tadeo, en su epístola universal a los cristianos, habla de mofadores que en los últimos tiempos fomentarán las discordias, hombres animales, sin espíritu.
     Dios es amor y nos lo manifiesta creándonos a su imagen y semejanza. El Decálogo de piedra se reduce a amar a Dios sobre todo, y al prójimo como a uno mismo. El que no ama se deshumaniza, se convierte en animal, sin espíritu, un cafre mundano que sólo busca su propio bien. Dios nos quiere mucho, aunque no lo sepamos. Un día oí decir a un teólogo que Dios nos quiere tanto que hasta pregunta por nosotros.
     Cuánto disfrutábamos los niños el día que salíamos del cole y enfrente, en el «Cercao»-porción de terreno a disposición del pueblo- nos encontrábamos que habían acampado los carromatos de los húngaros. Algunos decíamos gitanos, pero no, los gitanos tenían otra presencia y se asentaban en las inmediaciones del arroyo, cerca del lavadero público, del eucalipto gigante y de la fuente de los borricos. Aquél eucalipto era un árbol con muchas pretensiones; de gran amplitud, y altura, semejante, quizas, a un hotel de 6 o 7 plantas, a donde acudían a dormir todos los pájaros y pájaras de las inmediaciones. A pesar de su categoría nunca vi a alguien que lo contemplara, y es que vivíamos en una dimensión horizontal, las miserias terrenas nos impedían mirar al cielo.
     En el lugar que había más expectación era en el que estaban enjaulados los dos monos de la comunidad. Los niños nos quedábamos absortos observando a los antropoides. Ellos, agarrados a los barrotes de su cárcel errante, miraban fijamente a los jóvenes adultos, con desprecio, porque cuando salían a la pista para ejecutar su número: el macho con un sombrero cordobés, y la hembra de flamenca con un clavel en la mollera y tocando muy mal las castañuelas, cuando se le caía alguna, los jóvenes eran los que más ruido hacían, con risas, gritos y mofas. A los niños nos miraban como a enanos con flequillo, como compinches de nuestros mayores. Sin embargo, una tarde que nos quedamos 3 o 4, muy serios, delante de la jaula pareció que se les humanizara la mirada y nos contemplaron como si les diéramos lástima.
     Desaparecieron por la carretera de Campillo. Las húngaras con sus viejas vestimentas de colores, hasta los tobillos, agitando grandes panderos adornados con cintas de colores diversos. Un húngaro, en el último carruaje, mirando hacia el pueblo que dejaban atrás, soplando una trompeta desgastada, de la que, en vez de música salían lamentos. El mundo actual es como un manicomio a cuyo director se lo ha llevado una ambulancia, con camisa de fuerza.
     Hoy es mañana y mañana, hoy. Hemos perdido el camino, nos hemos perdido en el tiempo; en el horizonte se vislumbra la Era de la post-abundancia y en nuestras mentes siguen resonando los rugidos desafiantes del «Cumbre Vieja».
José Calderón Barrios.
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