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DESDE UN LUGAR DE MALLORCA. Literatura Senil XII.- José Calderón Barrios

   En el centro del “Parque de las estaciones” de Palma se alzan verticales y elegantes chorros de agua impulsados por cien surtidores instalados a ras del suelo, y esto amenizado por música procedente de altavoces instalados estratégicamente. dede un lugar de mallorcaHay atardeceres espectaculares en que alguna gente se sienta en los bancos de los alrededores porque le distrae el ambiente. El agua, después de haber alcanzado la cima del chorro, vuelve rauda en borbotones, hasta estrellarse en el asfalto, y el sonido brusco y sordo que produce parece mezclarse con las delicadas y magníficas notas musicales, siendo el deleite de propios y extraños. Yo llamaría a este lugar “Plaza de la danza del  agua”, y al espacio en general, “Parque Internacional”; aquí se sienten cómodos hasta los sin papeles. Lugar de esparcimiento, pero además sirve como “Treffpunkt”, lugar de encuentro para la mayor parte de la gente que lo frecuenta. Generalmente el 60% son emigrantes de toda raza y condición. Y es interesante también el paseo de más de un kilómetro que se extiende desde la Plaza de España hasta la periferia norte de la ciudad. Esta vía urbana parece una pasarela donde desfila una muestra general de los personajes que han visto el principio del tercer milenio. Ahora pasa un joven vestido de negro, todo negro, con aretes en orejas, labios y alas nasales; posiblemente emula a Loquillo, el roquero que compraba en el rastro los trajes negros de los viudos que habían superado su dolor. Y mucha gente sin importancia, charlando, gritando, cada uno queriendo que le escuchen, para contar su tragedia, la tragedia que cada humano lleva dentro. Sentados en uno de los muchos bancos que flanquean la ruta, dos viejos seniles escanean con la vista a las hembras que pasan.  Ahora son dos chicas contoneándose, dándoselas de “guais”,  lo son, pero, a lo mejor, ni saben que el cuerpo humano está compuesto de 60 trillones de células. En zona crápula, sentadas en el césped, detrás de los setos, una niña que no tendrá más de 12 ó 13 años, enseña a otra a liar un canuto; rodeadas de otros jóvenes mayores que ellas, también echados en la hierba. Uno de ellos alza el labio superior, como hacen los lobos cuando huelen una víctima, y mira a los otros con complicidad. Y silencio, como el que suele haber en la habitación de una clínica, medio oscura, con el enfermo solo  y entubado. El día va declinando, el sol se pone puntual, con dignidad; luego la noche cae suave sobre Palma, y en los rincones del parque, entre los setos, va apareciendo penumbra. Y mientras, yo, de retorno a casa, decido que doy por terminadas estas entregas de “Literatura  Senil”.

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