Los Intocables, que era como se conocían en La Luisiana, eran tres. Como las virtudes teologales, como las tres carabelas o las hijas de Elena, los tres mosqueteros, o como por ejemplo, las provincias de Aragón, pero entre ellos, se denominaban “los amiguitos”. Este cariñoso apelativo se lo puso el recordado y ocurrente Curro Elenano.
Eran Antonio Gutiérrez, Julio Pineda y Gerardo Márquez. Un comerciante socialista, un piloto republicano y un administrador de correos franquista. Ahí es nada. Tenían la sana y buena costumbre (ya desaparecida también) de juntarse todas las tardes-noches de todos los días del año, y tomarse sus copitas de vino, bien en el bar de Pepillo Morales o en Casa Eloy. Tenían una filosofía muy personal y sabia a la hora de pagar; a riguroso “escote”. Este queso pa este pan, y este pan pa este queso. En los muchísimos años que estuvieron juntos, jamás se pelearon por pagar la cuenta. Tampoco rechazaron nunca una “convidá” por parte de algún allegado o conocido que tenía algo que agradecer.
Sólo había dispendio extra cuando algún amigo de fuera y con alto poder adquisitivo les hacía una visita, como por ejemplo el terrateniente don Braulio, el abogado Juan Díaz Lucena o el paisano Miguel Calderón, entre otros. Esos días se cambiaba el fino Los Cabales por el Tío Pepe, y el salchichón por el jamón y la caña de lomo. Y las veladas se prolongaban más que de costumbre, porque era una auténtica gozada poder participar en aquellas tertulias en las que hasta los visitantes disfrutaban con las ocurrencias de los “tres amiguitos”, dando por muy bien empleado el importe de las “convidas”.
Con el tiempo, y dada la aceptación de aquellas reuniones, se fueron incorporando otros paisanos y amigos, entre los que tuve la suerte y el privilegio de participar al igual que José Rodríguez Doblas, Juan Racero y Pepe Castilla, entre otros. Anécdotas, mil y una. Posiblemente cada paisano tendrá una. Yo me quedo con una ocurrida en mi presencia. Uno de los componentes, más glotón que el resto, nada más el tabernero poner el plato de jamón en la mesa, y después de una rápida revista, cogía el trozo más grande. Los otros dos, por prudencia, no decían nada. Hasta que un día le dijeron al camarero que le restregara una guindilla al trozo más grande. La misma escena: visualización rápida y pa dentro. Imaginaros el final. A pesar de estas bromas, nos dieron una lección magistral y humana de lo que es realmente el estado de convivencia, tolerancia y generosidad, pues siendo los tres de distintos signos políticos, jamás discutieron sobre temas relacionados con aquellos difíciles momentos que vivieron cada uno en sus tiempos mozos.
Ahora con el paso de los años, y viendo la crispación en la que vivimos continuamente, echo de menos aquellos ratos que jamás volverán. Más que amigos, los Intocables eran hermanos. Levanto mi copa de vino y brindo por ellos. CONTINUARA.






















