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DESDE UN LUGAR DE MALLORCA | VENDRÁN DÍAS… VII | José Calderón Barrios

Los presocráticos se preguntaban qué clase de fuerza invisible era aquella que movía los árboles; y es que todavía no sabían que el aire, como el alma humana, no son entes naturales, sino que se les conoce por sus efectos.La filosofía es interrogativa, quiere saber. Filosofar no es sólo pensar o reflexionar, sino enfrentarse a la duda con actitud crítica. Todo el que pregunta por qué estamos aquí y para qué, es filósofo, y ¿Quién no se ha hecho esta pregunta?
El niño Delis era un niño muy particular. Llegaba siempre tarde a la escuela: «¡Ave María purísima!» Pero si el docente no le respondía con el riguroso, ¡Sin pecado es concebida!, Delis, el niño, no podía pasar. Y allí permanecía erguido, en la entrada de la clase, esperando el permiso; este podría tardar entre cinco a quince minutos, según el mal o buen humor que aquella mañana tuviera el maestro. Y allí permanecía, serio, resignado, rodeando con el brazo derecho a la columna de «madera» que había a ras del último escalón.
Yo observaba y a pesar de que la situación era un tanto cómica, no se veía en sus compañeros ningún gesto vejatorio, ningún ademán de burla. Y es que él irradiaba algo respetable, noble, innato. Otro no hubiera esperado tanto, hubiera salido corriendo, con el corazón encogido, escaleras abajo en busca de su madre. El niño Delis seguía inerte, inexpugnable, hasta que sonara la voz del maestro: «¡Anda! Niño monín, pasa; ya hablaré yo con tu padre.»
A mediados de mayo un amigo me envió un vídeo de la entrada triunfal en La Luisiana, de la cabalgata de la romería de Campillo. Yo ya había estado, en dos ocasiones, en vivo y en directo y a seguro que el evento se va superando cada año, poniendo a dos pueblos en pie. Hay alegría, color, fiesta familiar, con derecho a guiso; A mí me asaltaba un sentimiento, porque si yo veía a tanta gente y no conocía a nadie cómo es que estaba en mi pueblo. Hay pensadores que sostienen que la realidad que vemos no es verdadera, que es un espejismo; que nada es verdad, que todo es mentira, que somos calvos.
Yo había emigrado a Mallorca en 1968, o sea, había pasado mucho tiempo, y la mayoría de los que ahora pasaban cantando, riendo, charlando, cabalgando, haciendo palmas, buscando con fervor a la Sra. vestida de blanco, al esplendor del camino, a la reina del cielo, no habían nacido todavía.
Hace 80 años, esta romería no era tal; se le denominaba el Día de la Cruz y la fiesta se celebraba el 3 de mayo, fecha inalterable, pues a los sábados y domingos, laboralmente, no se les daba importancia alguna.
Hace 80 años (bis), estábamos 4 o 5 zagales jugando en la plaza de la Iglesia, cuando vimos venir un carro tirado por un borrico cojo, llamado Tropezón; el carromato adornado con 4 brazos de palmera formaban dos arcos; alguien dijo que iban a Campillo, con motivo del Día de la Cruz de mayo. Desapareció por la calle Pósito, buscando la carretera que les conducía a su destino. Nos miramos por unos segundos y empezamos a correr hasta alcanzarlo. El carruaje iba al mando y guiado por Enrique Gabella, el primer taxista que hubo en el pueblo utilizando un carro. El vehículo iba alquilado por un señor muy especial, Don José Gago Martínez, procedente de Pobla de Sanabria (Zamora). Bajó hasta La Luisiana contratado como maestro jabonero en la fábrica de aceites y jabones de la familia Díaz Gely. El sanabrés no tenía ni un pelo de tonto, «llegó, vio y venció», el «vini, vidi, vinci» latín lo conjugó él con su presencia. Al poco tiempo poseía una finca con extensas y fértiles llanuras, propias para sembrar trigo -de donde sale el pan-, y vasto olivar; así que el pan con aceite estaba asegurado para este pueblo que siempre está en el mismo sitio, en el kilómetro 470 de la carretera nacional IV, Madrid-Cádiz. Los otros ocupantes eran Amparito, sobrina elegida de Gago, y otra sobrina política por parte de su mujer, Luisita, esta apodada Carrana, más tarde emigraría, con su hermano Benito nada menos que a la tierra del fuego, en la Patagonia, Sur de Argentina. Los niños nos alternábamos para reguincharnos en los topes del carro sin matrícula. El sanabrés, cada 3 o 4 minutos empinaba el codo para airear su bota de vino, y después de emitir varios bufidos se dirigía a nosotros, los pobres, acordándose de nuestra familia, incluida la abuela, pero no exactamente para que les diéramos recuerdos. Amparito, que se había puesto de nuestra parte, se atrevió a amonestarlo: «Tío José, no te pongas farruco; deja a los niños en paz, que no están haciendo daño».
Nos fuimos hartando de ir «reguinchados» en los topes de aquel cacharro, poco a poco nos fuimos quedando en tierra firme, mirando a la extraña carroza que se alejaba, traqueteando, hacia Campillo, para adorar la cruz redentora, cubierta de jaramagos. Después de estas premisas, invitamos a Manuel Deliz García a que suba al estrado, al escenario del gran teatro del mundo. Aquel muchacho que abrazado a una columna de madera tuvo un sueño.
Según la filosofía del existencialismo a diferencia de cualquier otra criatura, árbol, animal o ave del cielo, nosotros no estamos definidos ni acabados, sino que nos toca decidir qué queremos hacer de nuestra vida. Primero existimos y luego tenemos que construir lo que seremos, o sea que nuestro futuro depende de nosotros mismos. (Continuará)

José Calderón Barrios

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