Cuando a eso de las siete de la mañana del día 20 de septiembre de 1970 dejé mi casa en Begíjar (Jaén) para viajar hasta Écija, donde había sido nombrado Maestro de Enseñanza Primaria en las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia, nunca pensé que en tan poco tiempo pudieran ocurrir tantas cosas, como ahora diré.
Para empezar, desde Begíjar, con una maleta ciclópea abarrotada de ropa y libros, tuve que ir en el autobús de línea hasta Baeza, para allí tomar otro que, sobre las 11.00 me llevaría a Jaén. Una vez en Jaén, fue necesario esperar la salida de un nuevo autobús que, no antes de las 14.00 de la tarde, tenía como destino Córdoba. Por fin, ya en Córdoba, un tren me trasladaría a Écija, ciudad que yo solo recordaba gracias al libro de Geografía de 1º de Bachiller, donde aparecía junto a Osuna, Carmona, Alcalá de Guadaíra y Dos Hermanas. El tren, que salió de la estación de Córdoba en plena siesta, no llegó a Écija hasta el anochecer.
Una vez apeado en la estación de RENFE de Écija, sudoroso y estragado, tras algunos retoques en la indumentaria, salí a la avenida de Italia, la cual me pareció, como ahora, ancha y bien arbolada. Luego, me dispuse a llegar a las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia, es decir, a la SAFA, por lo que me dirigí a una familia que, en la acera de su casa, tomaba apaciblemente el fresco, para que me indicara la dirección del citado colegio.
-Por favor, ¿me pueden indicar cómo puedo llegar a la SAFA?
-¿SAFA? ¿Está usted seguro? Mire que nosotros somos de aquí y el nombre de ese colegio no nos suena –respondió, muy seguro, el que parecía el padre de los allí congregados.
-Bueno, la SAFA o las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia –añadí, por si eso les facilitaba las cosas.
-Ni SAFA ni Profesionales tenemos aquí –aseguró uno de los varones, con notable resolución.
-¿No estará usted confundido, por casualidad, con Osuna? –preguntó la que era la mayor de las mujeres.
-No sé –respondí-. La dirección que yo tengo es Carretera de Sevilla, s/n, Écija, Sevilla.
-¡Ah, sí, hombre, sí, ya caigo!– exclamó el que parecía el padre-. Yo creo que este hombre pregunta por un colegio nuevo que abrieron por las casitas de Pinichi. Pero ese colegio, amigo –aclaró complacido-, ni se llama SAFA ni Escuelas Profesionales. Ese colegio al que usted se refiere se llama Los Azulejos.
-Claro –convino alguno más-, es verdad, Los Azulejos.
-¿Los Azulejos? –intervine con toda la extrañeza de que fui capaz.
-Sí, sí, Los Azulejos, no hay duda –pontificó uno de los reunidos.
Al llegar a Los Azulejos, ya bien de noche, don Fernando Otálora, el director, y don Jesús Bermúdez, uno de los maestros, abandonaban el centro. Tras las pertinentes presentaciones (a Jesús ya lo conocía, pues habíamos coincidido durante unos años de estudiantes en Úbeda), don Fernando me aclaró la situación:
-Si yo fuera tú, me iría de nuevo a mi casa y no volvería hasta pasados tres o cuatro días.
-¿Tres o cuatro días? –el alma se me vino a los pies.
-Sí, porque mañana, 21 de septiembre, comienza la feria de San Mateo, y hasta el lunes de la semana siguiente no se reanudan las clases.
Jesús Bermúdez me llevó a su casa, me invitó a cenar, se quedó con mi voluminosa maleta y, después, haciéndome un favor impagable, me llevó a Córdoba, para desandar el camino andado durante ese largísimo día 20 de septiembre. De madrugada, un tren me condujo desde Córdoba hasta Jaén; un autobús, desde Jaén a Baeza; y, finalmente, un paisano que venía de Úbeda, al pasar por Baeza me reconoció y me trajo a Begíjar.
Al llegar a mi casa, cuando apenas habían pasado 24 horas de mi salida, el alboroto fue mayúsculo: mi padre me miraba con cara descompuesta; mi madre rompió a llorar; mis hermanos permanecieron mudos de asombro; y mi abuela, que vivía con nosotros, sufrió un desmayo, por fortuna pasajero. Por suerte, en el segundo viaje a Écija, todo pareció transcurrir dentro de la más absoluta normalidad.
Por otra parte, todo hacía pensar que, siendo yo de Jaén y mi novia residente en Madrid, solo permanecería en Écija un curso, quizá dos. Más de dos era del todo punto impensable. Pero la realidad es que mi estancia en Écija, felizmente, se ha prolongado durante 44 años. Espero y deseo que dure muchos años más.






















