Cuenta José María Iribarren en la página 462 de su libro El porqué de los dichos (Madrid, Suma de letras, 2002) lo siguiente acerca de un perro madrileño llamado Paco:
Fue una institución madrileña. Su lugar de reposo era la taberna del Aragonés, en el camino de la plaza de toros; pero desde el medio día al amanecer del siguiente, se le encontraba en casa de Fornos, festejado por todos, y solo abandonaba el café para asistir a la cuarta (función) del Apolo, a cuyo patio de butacas tenía libre acceso.
Admirable, pues, el perro Paco, constante en sus aficiones, pacífico siempre y amigo de todos. Pero no sucedía así con la perra de Quico, natural de mi pueblo, acerca de la cual he oído desde muy chico la siguiente frase para referirse a alguien de conducta desordenada:
Eres más sinvergüenza que la perra de Quico.
Esta perra de Quico, que yo nunca conocí, debió de ser notable por su mucho atrevimiento, sus constantes fechorías y sus notables desplantes, a juzgar por los casos a los que suele aplicarse la citada consigna. Así, por ejemplo, si alguien no cumplía debidamente en su trabajo, era comparado con la perra de Quico; si algún vecino iba a un lugar y no tenía la cortesía de saludar ni al llegar ni al salir, se le asimilaba a la perra de Quico; y si un ciudadano cualquiera tomaba del huerto de un paisano alguna fruta o verdura, automáticamente, recibía la misma calificación que la perra de Quico.
He preguntado en alguna ocasión la los mayores del lugar sobre el origen de este dicho, pero nadie me ha sabido contestar:
-Parece que fue el perro de un tal Quico, que hace muchos años…
Me agrada, pues, saber que una perra, un ser irracional, sin ayuda de nadie, aunque tal vez no acompañara cuando debía a su dueño; aunque no le fuera demasiado obediente, aunque no se mostrara con frecuencia juguetona con los niños, aunque aprovechara cualquier descuido en la cocina para distraer algún bocado delicioso, aunque revolviera la cesta de la compra… fue capaz de sobrevivir y criar a sus perrillos a base de exponerse y arriesgar. Muy bien que hizo la perra de Quico, pues sé de sobra que no siempre los dueños están a la altura de las circunstancias.
Ya lo he dicho, no he conocido a la perra de Quico, pero me hubiera gustado. Y no solo a la perra, sino al mismo Quico. Estoy seguro de que si la perra tenía tan mal comportamiento es porque Quico tampoco andaba muy bien de cuartos, por lo que tenía que recurrir al disimulo y a la permisividad con el pobre animal.
En fin, Madrid tuvo a su perro Paco y mi pueblo, a la perra de Quico.
Francisco Martínez Calle






















