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HABLAR POR HABLAR | LAS CONVULSIONES ORTOGRÁFICAS DEL SIGLO XIX | Francisco Martínez Calle

En el año 1843, después de las reformas ortográficas de 1815 y 1835 las sosegadas aguas de la Academia se vieron convulsionadas por la aparición de  una Academia literaria i científica de profesores de instrucción primaria de Madrid, la cual se arrogaba la capacidad legislativa en materia ortográfica. En virtud de esa supuesta capacidad, La Academia literaria dictó unas normas ajenas a la RAE (aunque, justo es reconocerlo, muy cercanas a ciertas propuestas americanas procedentes de Chile), las cuales iban a mostrar de manera inequívoca la existencia de tiempos ajetreados para la ortografía del español.

Tal vez  por esa irrupción de los profesores de instrucción primaria de Madrid en un campo donde no eran competentes, los académicos de la RAE buscaron con ahínco la oficialización de las normas ortográficas, una posición de fuerza que no habían mantenido antes, quizá por no haber existido tensiones con ningún grupo organizado.

Esta situación, que originó cierta alarma, llevó a que la reina Isabel II, el 25 de abril de 1844, dictara una real orden por la que declaraba obligatoria la normativa académica recogida en el Prontuario de ortografía de la lengua castellana, dispuesto por Real Orden para el uso de las escuelas públicas por la Real Academia Española.

Posiblemente, estos tiempos convulsos para la ortografía del español no fueran otra cosa que el reflejo en materia lingüística de los procesos de emancipación de los antiguos reinos americanos, iniciados tras la Guerra de la Independencia contra Francia, acabada en 1814.

Las más importantes propuestas de reforma ortográfica, causantes durante un tiempo de un cierto caos a la hora de escribir, no procedían de España, sino de dos grandes pensadores americanos: el poeta, filólogo, político y diplomático venezolano Andrés Bello, y el político, militar y ensayista argentino Domingo Faustino Sarmiento.

 Todo este período de convulsiones y notables discrepancias ortográficas comenzó cuando don Andrés Bello publicó en Londres sus Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar i unificar la ortografía en América en 1826, obra que marcará una ruptura significativa respecto a las normas ortográficas dictadas anteriormente  por la RAE.

 La propuesta de Andrés Bello, de carácter fonológico como la de la RAE, pero mucho más radical, se basaba en el principio de que a cada sonido debe corresponderle una grafía, y solo una, sin excepciones. En consecuencia, para Bello resulta imprescindible eliminar la h, sea esta de origen etimológico o no; también la u que acompaña, sin oficio, a la q y a la g; la y conjunción copulativa, que debe ser i; y finalmente la j que debe sustituir a la x y a la g, si esta tiene sonido fuerte.

La propuesta de Domingo Faustino Sarmiento data de 1843, justo el año de fundación de la Universidad de Chile—cuyo rector era, precisamente, don Andrés Bello— y se titula Memoria sobre ortografía americana. Sarmiento, por su parte, en un diagnóstico similar al de Andrés Bello, se propuso eliminar del alfabeto las siguientes letras: la h, la k, la v, la z , la  x y la y (conjunción copulativa).

Los dos reformistas, venezolano y argentino, respectivamente, aunque ambos chilenos de adopción, plantean como una de sus aspiraciones -si bien con una diferencia de 20 años-, facilitar el aprendizaje de la ortografía para que así puedan acceder los alumnos de manera más sencilla al acervo cultural y científico del español.

Con esa intención, el día 25 de abril de 1844, simultáneamente a la real orden de Isabel II en España, la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile presenta al gobierno de la república chilena una propuesta de reforma ortográfica que, tras su aprobación, será adoptada por Ecuador, Colombia, Venezuela, Nicaragua y Argentina.

 Esta propuesta de la Universidad de Chile basada, en gran medida, en las ideas de Bello y Sarmiento, remite a la siempre ansiada supresión de la h, de la u muda en las sílabas que, qui y gue, gui, al único empleo de la letra j para la representación del fonema fricativo velar sordo  (ja, je, ji, jo, ju ) y, del mismo modo, al uso de la g para la representación del fonema oclusivo, velar y sonoro (ga, ge, gi, go, gu) y poco más.

Exactamente ochenta y tres años durará esta disparidad ortográfica en los países antes reseñados. Será un 12 de octubre de 1927, aniversario del Descubrimiento de América, cuando por un Decreto dictado por el presidente chileno de entonces, el general Carlos Ibáñez del Campo, se ordena la vuelta la normativa ortográfica de la Academia.

Se cerraba, pues, este período crítico de origen americano mediante el consenso ortográfico con la RAE que, con excelente juicio, mantiene desde entonces una relación cordial, constante y eficaz con las academias correspondientes y asociadas no solo en el ámbito hispanoamericano, sino en el asiático también.

 

Francisco Martínez Calle

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