Manolo es uno de mis mejores amigos. Y, a decir verdad, no sé muy bien cuál es la verdadera razón: soy mucho mayor que él, no frecuentamos los mismos sitios, no me gustan los toros y, fuera del Real Madrid, salvo la Selección Española, para mí ya no existe el fútbol. Pues, aún así, somos amigos, de tal manera que los fines de semana, es decir, los sábados y domingos, salvo que estemos enfermos o de viaje, quedamos para ir y volver, sin prisas, a nuestro paso, y hablando de esto y de aquello, de todo y de nada hasta el Puente de Hierro para ver el nivel del agua del Genil, coger moras en primavera y, algunas veces, brevas en verano.
-Yo no estoy afiliado a ningún partido -me dice Manuel, en un arranque de sinceridad-, pero yo voto siempre al mismo, pongan a quien pongan en la cabecera de la candidatura.
-Haces bien, Manuel, porque los hombres tienen que tener convicciones firmes.
-También me gustan los toros -añade a continuación-, toree quien toree.
-Hombre, Manuel -le replico al oír lo de su incondicional afición-, eso de los toros ya no me gusta tanto, por tratarse de una fiesta cruel. Pero lo que de verdad me gusta, y ahí no cedo ni un milímetro, es en lo del fútbol. Mi Betis siempre será mi Betis y donde llega mi Betis…
-Manolo -le advierto con toda la prudencia de que soy capaz-, el Real Madrid tiene mejores jugadores que el Betis y, por supuesto, más trofeos que ningún otro equipo español.
-Que tenga los que tenga, pero yo soy del Betis y lo seré hasta la muerte, y allá cada cual con sus problemas. Digo -añade seguidamente-, ¿vas a comparar al más rico de la liga española, con uno de los más pobrecitos? ¡Vergüenza os tendría que dar! Llegados a este punto, ya no quiero tensar más la cuerda, al ver que Manuel, aunque sea a regañadientes, me acepta que no sea taurino y que no sea bético; pero que compare al Betis con el Madrid, eso es algo insufrible que Manolo interpreta como un insulto.
-Bueno, Manuel, como veo que no llegamos a un acuerdo ni con los toros ni con el fútbol, te propongo lo siguiente: cuando lleguemos al bar de la Estación de Autobuses, nos vamos a tomar una lata de Cruzcampo fresquita, para quitarnos la sed. Luego, cada uno para su casa.
-Ahí sí, en eso siempre estaremos de acuerdo. Vino, no; que el vino es peligroso; pero una lata de cerveza… Y así, saltando de un tema a otro, unas veces en broma y otras en serio, con libertad para decir cada uno lo que se le ocurra, consumimos un par de horas de nuestro fin de semana.
Y ahora, en serio: Manolo es una de las personas más sencillas, más rectas, más sanas y más serviciales que conozco. Sería incapaz de enfadarse con alguien, salvo que este alguien ponga bajo sospecha las cualidades deportivas que atesora su Betis de su alma.
Gracias, Manolo, por ser tan bueno, tan sincero y tan auténtico.
Francisco Martínez Calle






















