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HABLAR POR HABLAR.- UN PERRO CAMANDULERO.- Francisco Martínez Calle

Una excelente manera de fomentar las relaciones sociales es tener un perro de compañía. En mi caso, estar obligado a sacar tres veces al día a pasear por el parque a mi inseparable Chuli me permite contactar con todo tipo de convecinos, también propietarios de perros falderos, como el mío, con los que siempre acabo por familiarizarme.

39francisco martinez calleUno de estos convecinos es Luis, un joven abogado de cuidados modales, con el que de continuo intercambio opiniones sobre las clases de perros, sus muchos cuidados, sus increíbles habilidades y sus innumerables trastadas.

            -Este perro mío es un camandulero –me confiesa Luis, un buen día por la mañana, a medio camino entre la sonrisa y el enfado, harto ya de las reiteradas desobediencias de Milo.

            -Los bodegueros, bien lo sabes tú, son muy nerviosos –le respondo para justificar la estrafalaria conducta de un chucho que, solo a veces y no siempre, responde a las llamadas de su dueño.

A decir verdad, ese día me quedé sin saber a ciencia cierta por qué Luis denominaba camandulero a un perro que a mí me resultaba simpático, aunque algo travieso. Por tanto, tras el paseo, al llegar a casa, me interesé por el significado del término, sin duda, un adjetivo poco usual.

 El DRAE  dice así:

Camandulero, ra.  (De camándula). 1. adj. coloq. Hipócrita, astuto, embustero y bellaco”.

Ciertamente, no anduvo Luis desacertado ese día con lo de camandulero, pues por lo que conozco de Milo, se ajusta perfectamente a la definición del diccionario. Así, el perro de Luis es zalamero y fingidor, por lo general; imprevisible y desobediente, siempre; huidizo y duro de oído, la mayor parte de las veces; y efusivo y campechano, cada vez que a él le interesa.

No obstante lo anterior, Milo goza de todas mis simpatías. Primero, porque invita a correr y a jugar a mi perrilla, siempre cansada de puro vieja; y, segundo,  porque nada más verme, se me acerca veloz y me saluda con total camaradería. Eso sí, una vez que el chucho ha cumplido con el deber de la cortesía, inicia a todo correr un extraño itinerario, no exento de peligros.

Por eso, cada vez que nos vemos, que es casi todos los días, Luis me comenta no sin resignación:

-Francisco, este perro no tiene arreglo: es un auténtico camandulero.

Y yo, desde que sé de qué va la cosa, siempre le respondo del mismo modo:

-Efectivamente, Luis, un auténtico camandulero.

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