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AÑORANZAS DE MI PUEBLO | VERANO, CALOR, SOMBRA Y COSTUMBRISMO | Paco Rodríguez

Llega el verano, estación  por la que es más conocida mi pueblo,  LA CALOR. Si hay un lugar en la tierra, donde se puede disfrutar de un calor ¡INMENSO!, y habituar a los nativos y residentes de esta bendita y Mariana Ciudad del SOL, ese lugar es ÉCIJA: La de la copla; la del donaire; la de sus  torres y campanarios, que  señalan  al bendito cielo azul. La que en el verano, los ecijanos invitados y visitantes, pueden presumir de resistencia y orgullo  a las calores, con unas  temperaturas a la sombra de hasta los 49 o 50 grados. Disfrutando de sus noches, que no bajan la temperatura de 33 grados. Una delicia acostarse con el botijo al lado (como es mi caso), y un “pay pay” abanicándome, hasta que me vence el sueño y dejo caer el abanico al suelo, del que lo tengo que recoger si a media noche tengo calor. Todo ello, por la “curpa, curpita, curpera”, del precio de la luz: que está las nubes,  gracias al interés de estos políticos, que tratan en vano de arreglarnos la vida y las carencias.

Me retrotraigo a mi época de la niñez, (desde mediados del año cuarenta, hasta mediados de los cincuenta del siglo XX). De chico, supe del sabor de las cosas naturales del verano, para mitigar los calores. Durante el día estaba jugando y disfrutando a la sombra de una “parra”, que había en el Cortijuelo, frente a mi casa, en la calle Avendaño. Aquél caserón tenía la denominación de “clínica veterinaria”. Su titular Veterinario, Don Francisco Fernández Figueroa, era propietario de aquella finca, dedicada al reconocimiento de animales: caballos, burros, borricos, etc. Además era criador de gallos ingleses de pelea, que eran cuidado por personal especializado.

Esta casa era habitada por JOSE ORTEGA y su familia, compuesta de su mujer, la conocidísima ANITA, y sus hijos: JOSELÍN, SALVAORILLO, LOLITA y ANA MARÍA –esposa del que fue primer alcalde democrático de esta Ciudad, JULIÁN ÁLVAREZ PERNÍA-. Era un caserón grandísimo: patio de entrada, en el que brotaba la frondosa PARRA, con techado muy espeso, que llegaba al fondo de un segundo patio, configurando  una  sombra espesa y muy alargada. En la época que daba fruto sus racimos de uvas colgaban sobre nuestras cabezas.  Yo, cuando nadie me veía cogía un racimito y me lo “jalaba”. La dichosa sombra, a medio día, nos cobijaba a los que estábamos por allí correteando y jugando:  Lolita, Anita María y El Bori, me hacían mucho enrabietar, pasándoselo pipa, viéndome asustado y chillando. A través del árbol de la parra, subíamos   a los tejados,  allí, junto a los jaramagos, crecían una hierba especie de raíz, que llamábamos   “panecillos”, que estaban riquísimos. Desde esos tejados divisábamos   el patio del Colegio Salesiano del Carmen, con el cual lindaba la casa. También lindaba con la panadería de DON MANUEL GAMERO, a la izquierda, y la casa de los <ARMENTA<, a la derecha.

Nosotros, los ecijanos, en aquellos añorados años, precisábamos muy pocas cosas para aliviarnos de las calores. Écija estaba muy poblada de árboles, en calles y plazoletas. Cuando salíamos a corretear por la Ciudad, parábamos en las sombras de aquellos árboles, a departir charlas entre mayores, jóvenes y niños. Hacía mucho calor, es cierto, pero la vencíamos tanto de día como de noche.

Acordándome de Neruda, debo decir que, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Entonces nos apañábamos con cualquier cosa. Comíamos lo que se podía, pero todos los días teníamos comida: a medio día el clásico potaje de gavanzos, lentejas o habichuelas. Guiso de arroz o papas con un hojita de laurel, como acompañamiento. Además el tradicional cocido con fideo, garbanzos y papas, no faltaba e ninguna casa. La comida de la noche no se distinguía de la del mediodía, pues era una costumbre savia no hacer distingos con “el menú”.  Ahora  la costumbre es otra diferente. PUNTO. No teníamos aparatos para mantener fresquitos los alimentos: el melón o la sandía, los echábamos, en un cubo, al pozo, que tenía la virtud de estar muy fría el agua.

Otros elementos de distinción de aquellos tiempos, con respecto al presente, eran acondicionar nuestras viviendas para el verano: no había que hacer inversión alguna, porque las paredes de las estancias estaban construidas con unos muros muy ancho y espeso, que aislabas las radiaciones del sol y no producía calor en las habitaciones. Sí, de noche, en la parte alta de la vivienda se notaba más la temperatura, pero se soportaba teniendo mantas en el suelo o nos íbamos a las habitaciones de abajo, en su caso. Pero no conocíamos ningún elemento de ventilación, ni por supuesto el “aire acondicionado”. O sea, cumplíamos a rajatabla lo que hoy exigen esta nueva era de “progreso”.

¡¡Qué gloria LA SOMBRA DE UNA PARRA como la que he retratado!!.

Que os sea leve el verano. SALÚ

 

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