Algún filósofo veterano, retirado del mundanal ruido, pensaría que la calle San Miguel, en sus horas punta, es un tumulto desorientado que no sabe de dónde viene ni a donde va. La juventud sigue su ritmo, sin claves de orientación, sin admitir consejos. Un niño aparece gimiendo y llorando, huyendo de algo, intentando perderse entre la masa humana, y es que su madre acaba de presentarle a su nuevo novio. Se ven venir a varios hombres y una mujer, trajeados, charlando animadamente; parecen ediles de diferentes partidos, probablemente para asistir a una recepción política, y se me antoja ver detrás de ellos a las dos Españas, de bracete, portando sendas mohosas navajas cachicuernas, camufladas en la liga. Otros cuantos pasean apresuradamente esquivando a los que les obstaculizan el paso, y corren que pierden el culo, compitiendo, a ver quien llega primero a recoger un formulario para solicitar una plaza de barrendero que ha convocado una empresa de limpieza. Se sabe de fuente fidedigna que entre los aspirantes hay dos camareros, tres abogados de distintas provincias, un otorrinolaringólogo recién titulado, que no quiere irse a Alemania, una costurera, un drogadicto con el mono, y una profesional de limpieza que va la última, jadeante, porque sufre una ciática. De esta carrera desenfrenada fueron atropelladas dos señoras maduras, de la zona, que paseaban tranquilamente, compuestas, coloreadas, hablando sigilosamente, haciendo leña del árbol caído. Y más transeúntes, y eso que sólo pasan los que están en forma; los enfermos no salen de casa, y los de salud deficiente están haciendo cola en la Seguridad Social, pidiendo ser operados. Se perciben los efluvios y la fuerza del mes de abril, hasta del asfalto de las calles se asoman florecillas, proclamando la gloria de Dios y la grandeza del Resucitado. Y hasta aquí llega arrastrado el viento tibio primaveral, con murmullo de jarana y la alegría luminosa de la feria de Sevilla; bulla y colores bordados, aroma de manzanilla y vino fino, aire perfumado de azahar. El poeta pensaba que “el vino es amargo y útil, como el consejo de un filósofo. Está prohibido a los débiles, empuja al estúpido hacia las tinieblas y guía al sabio hacia Dios”. Lo decía él, el gran Avicena, el sabio persa. Las gentes no quieren pensar, por eso se inventó la feria, para dar una tregua a los fantasmas del miedo, y se busca diversión, música, cachondeo; beben y bailan y no quieren oír de catástrofes ni futuros inciertos. Aunque a veces, algunos supersticiosos, se ponen nerviosos cuando oyen la música escalonada del chiflo de un “afilaó” que aparece por una de las esquinas de un pueblo.






















