El otro día, mientras mi perrillo y yo esperábamos a la puerta de un local comercial a que mi mujer realizara unas compras de poco calado, se me acercó un joven de buena planta y cuidados modales:
-Francisco –me espetó-, leo sus artículos, y he de decirle que, como es lógico, unos me gustan más que otros; pero quiero que sepa que el del perro camandulero me encantó.
-Pues muchas gracias, amigo mío, por sus amables comentarios.
Parecía que ese iba a ser el final de la conversación, cuando el joven, un tanto indeciso, volvió a la carga:
-Quisiera decirle otra cosa.
-Adelante, sin miedo, que por mí no habrá inconveniente.
-Y es que camandulero no se usa solo con los perros, porque yo lo he oído también aplicado a las personas.
-Llevas razón –le respondí, recurriendo al tuteo, para así mostrarme más cercano-, ya que este adjetivo, que yo sepa, no va asociado a ningún sustantivo en concreto.
-Y, por último, ya que sé que no es molestia, me gustaría saber el significado de la expresión fiera corrupia.
De momento, totalmente sorprendido por tan inesperada pregunta, no supe contestarle. Pero enseguida recordé que, hace ya muchos años, cuando yo ejercía de edil municipal de Cultura y Turismo, tenía, por razón del cargo, trato frecuente con don Juan Gomero Soria, presidente por entonces del Consejo Municipal de Hermandades y Cofradías de Écija. Ocurrió que un buen día en que don Juan y yo nos cruzamos por la calle, él acompañado de una de sus nietas, y yo, de uno de mis hijos, teniéndonos que decir algo que importaba a ambos, no nos fue posible. La nieta de don Juan, enfadada por no sé qué razón, cogió una rabieta de tal calibre que la conversación fue imposible, por lo que el abuelo se vio obligado a disculparse:
-Francisco, hijo, perdona, pero esta nieta mía, más que una niña, parece una fiera corrupia.
-¿Qué quiere decir fiera corrupia, Juan, que es esa una expresión que no he oído en mi vida? –le pregunté inmediatamente.
-Bueno, fiera corrupia suele decirse de los niños que son inquietos y nerviosos en extremo, tal como esta nieta mía.
Y así fue como acabó nuestra brevísima conversación, antes de despedirnos.
¡Quién me iba a decir a mí que al cabo de tanto tiempo tendría que utilizar con el joven interesado por el lenguaje la misma explicación que, en su día, don Juan usó conmigo!
-Pues fiera corrupia –le respondí a mi desconocido amigo, recordando el hecho antes mencionado- viene a significar algo así como “inquieto, nervioso, difícil de contentar…”
-Muy agradecido y buenas tardes. Y que sepa que no dejo de leer ni uno solo de sus artículos –dijo, al tiempo que extendía su mano para despedirse.
Al llegar a casa, como es fácil imaginar, consulté lo de fiera corrupia. El último diccionario de la RAE, el Diccionario de la Lengua Española (octubre de 2014) dice así:
“Fiera corrupia: Úsase para designar ciertas figuras animales que se presentan en fiestas populares y son famosas por su deformidad o aspecto espantable”.
Ciertamente, este significado no coincide exactamente con lo que yo le dije al joven con el que conversé en la puerta del supermercado; pero puede valer para salir del paso, solo con que se le eche un poco de imaginación (algo de aspecto espantable es incómodo e imposible de soportar).
En realidad, la conversación de esa tarde fue plenamente satisfactoria para mí, ya que un joven lector no solo me elogió uno de mis artículos sino que, además, se mostró sumamente agradecido por la modesta información lingüística que le proporcioné.
Pero, por si todo lo anterior fuera poco, mi amable contertulio trajo a mi mente el grato recuerdo de don Juan Gomero Soria, un hombre bien formado, polifacético e interesado por muchas cosas, entre ellas, los asuntos de la lengua española.
Una tarde memorable, sin duda alguna.
Francisco Martínez Calle.






















